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Artículos de interés > Sobre el niño y la irreverencia social
Cuando un niño camina por la calle, una cohorte de ángeles le precede y proclama: “¡Abrid paso a la imagen del Santísimo!”
Refrán Hasídico
En una sociedad plagada de incontables problemas, los peligros que acechan a los niños son obvios: pobreza, violencia, indiferencia, enfermedad, maltrato y un sinnúmero de otros males. Visibles o invisibles, sufridos o sólo contemplados, siempre han existido y todo el mundo concuerda en que son terribles. Pero, ¿qué podemos hacer nosotros para remediarlos? En un artículo del año 1919 sobre el tema de reforma social, Hermann Hesse propuso que el primer paso consiste en determinar la causa fundamental de esos males, o sea, nuestra falta de reverencia frente a la vida.
Toda falta de respeto, toda irreverencia, toda dureza de corazón, todo desprecio es nada menos que el asesinato. Y puede que se mate no sólo lo que vive en el presente, sino también lo que vive en el futuro. Con un poco de escepticismo salado podemos matar gran parte del futuro de un niño, de un adolescente. La vida espera por doquier, florece por doquier; de ella percibimos tan sólo un fragmento, y estropeamos una gran parte con los pies…
Aquí Hesse llama nuestra atención a un peligro--quizás el más nocivo en el mundo de hoy-- que amenaza a los niños y ha penetrado en nuestra cultura, incluso en nuestro lenguaje: la irreverencia, la falta de respeto al niño. Se manifiesta en la forma petulante como nos referimos a los niños tildándolos de mocosos y diablitos, en el sarcasmo que nos permite reírnos de ellos, en el desdén por sus sentimientos que demostramos al hablar de sus defectos en su presencia (o a sus espaldas). Se manifiesta en nuestro hábito de clasificarlos, cuando nos deleitamos con un chico y nos quejamos de otro, y cuando, sin pensar, llamamos “ilegítimo” al hijo nacido fuera de matrimonio. Pero no son las palabras lo que más debe preocuparnos.
La irreverencia, síntoma fundamental del desamor, contribuye en gran medida a cada uno de los males sociales mencionados en este libro. Si esta afirmación parece exagerada, basta pensar en un mal tan generalizado como el del divorcio. Si hubiera reverencia, no se toleraría la mentalidad que lo considera “aceptable”. Escribe Ari, un profesor amigo en la universidad Columbia de Nueva York:
Opino que el divorcio es la deplorable ruptura de un contrato, y con toda seriedad propongo que los hijos tengan la libertad de poner pleito a sus padres. Considérense los hechos: Dos personas acuerdan crear a un ser humano y prometen brindarle amor, un hogar, seguridad y bienestar. Sin duda lo hacen con las mejores intenciones, pero a partir de algún momento algo no marcha bien. Se percatan de que en realidad se detestan, o que por alguna u otra razón ya no pueden convivir. Sin embargo, al tomar la decisión de separarse piensan primero en sí mismos y se olvidan del contrato que hicieron con sus hijos. No creo--como a menudo se oye decir a padres a punto de divorciarse--que la separación sea “lo mejor para el niño”. Mi experiencia me ha enseñado lo contrario.
Ahora bien, se alegaría, ¿acaso mis padres no me libraron de un hogar infeliz donde peleas y enfrentamientos airados eran el modo de comunicarse? No lo creo. Más bien creo que--aunque todavía sean hoy tan incompatibles como entonces--podrían haber aprendido a no gritarse y a no tirar las puertas. Al menos podrían haberlo aprendido con más facilidad que yo aprender a ser hijo de padres divorciados.
Tan común es el divorcio hoy día, que mi manera de pensar sobre ello no goza de popularidad. Algunos (por lo general personas divorciadas con hijos) me acusan de ser egoísta. Pero no se trata únicamente de mí --algún día lo oirán de boca de sus propios hijos. Una infancia perdida no se recupera.
Por dura que parezca la propuesta de Ari, resulta leve comparada con lo que propone Jesús para quienes despojan a un niño de su infancia: “Cualquiera que haga tropezar a uno solo de estos pequeños que creen en mí, mejor sería que le ataran al cuello una piedra de molino, y que le echaran al mar.” Estas palabras sólo se comprenden a la luz del espíritu de reverencia --ese espíritu que abre sus brazos a los niños y se opone a cuanto los desprecia y rechaza, cueste lo que cueste.
No hay reverencia sin amor. Pero es más: reverenciar significa apreciar las cualidades del niño (atributos que los adultos no tenemos ya), y tener la humildad de aprender de él. Reverenciar significa aceptar a la niñez por lo que representa en sí, y a cada niño tal como es. Reverenciar significa, reconocer que, “con su inocencia y claridad, los niños nos muestran la faz de Dios en forma humana, con lo cual simplemente quiero decir que reflejan el mayor bien que somos capaces de concebir... ¿Acaso no lo sentimos al contemplar el rostro de un niño?”
Sentir reverencia también significa confiar. El Midrás judío nos cuenta lo siguiente. Cuando Dios estaba por entregar la Torah al pueblo de Israel, exigió que le garantizaran su preservación. Primero ofrecieron a sus ancianos en garantía, pero Dios rechazó la oferta por insuficiente. Entonces le ofrecieron a los profetas, pero tampoco los consideró suficientes. Sólo cuando le ofrecieron a sus hijos, se dio por satisfecho: “Los niños son, de cierto, buenos garantes. Por los niños os daré la Torah.”
Por último, sentir reverencia equivale a profesar hondo respeto, como lo expresan las siguientes palabras de mi abuelo:
Son los niños quienes nos guían hacia la verdad. Nosotros no somos dignos de educar ni a uno solo de ellos. Nuestros labios están manchados; nuestra dedicación no es total. Nuestra honradez es fragmentaria; nuestro amor, parcial. Nuestra bondad está plagada de segundas intenciones. Aún no nos hemos librado del desamor, de nuestros impulsos posesivos y egoístas. Sólo los sabios y los santos--sólo quienes son como los niños en presencia de Dios—son capaces de vivir y trabajar con los niños.
Pocos somos quienes nos llamaríamos sabios o santos. Precisamente por esto mismo la piedra angular de la educación ha de ser más que el saber y la comprensión; debe incluir la reverencia. En la novela de Erich María Remarque, Der Weg zurück (El retorno), escrita poco después de la Primera Guerra Mundial, hay un pasaje que ilustra esta idea de manera inolvidable. El personaje que habla es Ernst, un maestro y ex combatiente de las trincheras.
Llega la mañana. Voy a mi clase. Los pequeños están sentados con los bracitos cruzados. En sus ojos aún se ve todo el tímido asombro de la niñez. Me miran con tanta confianza, con tanta fe… y de repente siento dolor en el corazón.
Aquí estoy ante vosotros, uno de los cientos de miles de hombres destrozados a quienes la guerra despojó de toda su fe y de casi todas sus fuerzas. Aquí estoy ante vosotros, y veo cuánto más vivos, cuánto más arraigados en la vida estáis que yo. Aquí estoy, y ahora me cabe ser vuestro maestro y guía. ¿Qué voy a enseñaros? ¿Que dentro de veinte años estaréis resecos y vencidos, cegados vuestros impulsos más espontáneos, y comprimidos—sin piedad—en un molde idéntico para todos? ¿Que toda educación, toda cultura y toda ciencia no serán más que una burla cruel mientras los hombres se hagan la guerra con gases, acero, pólvora y fuego en nombre de Dios y de la humanidad? ¿Qué debo enseñaros entonces a vosotros, pequeñas criaturas, las únicas que no habéis sido mancilladas por estos años terribles?
¿Qué puedo enseñaros yo? ¿Voy a deciros cómo arrancar de un tirón la espoleta de una granada de mano y lanzarla contra un ser humano? ¿Cómo atravesar a un hombre con una bayoneta, cómo derribarlo con un garrote, cómo matarlo con un golpe de pala? ¿Voy a haceros una demostración sobre la mejor manera de apuntar un fusil a ese milagro tan incomprensible, otro pecho que respira, otro corazón vivo? ¿Voy a explicaros lo que es el tétanos, qué es una columna vertebral fracturada o un cráneo despedazado? ¿Voy a imitar el quejido de un hombre herido en el estómago, el gorgoteo del pulmón abierto de otro o el silbido de otro más con una herida en el cráneo? Otra cosa no sé. Otra cosa no he aprendido.
¿He de llevaros ante el mapa verde y pardo, recorrerlo con el dedo y deciros: aquí fue donde asesinaron al amor? ¿He de explicaros que los libros que tenéis en manos no son más que redes con las cuales los hombres se proponen atrapar vuestras almas sencillas para enredarlas en la maleza de hermosas frases y el alambrado de falsas ideas?
Aquí estoy ante vosotros, yo, un hombre manchado, culpable, y sólo puedo imploraros que permanezcáis siempre como sois y nunca permitáis que se abuse de la brillante luz de vuestra niñez para encender las llamas del odio. En vuestras frentes aún hay un soplo de inocencia. ¿Cómo puedo entonces arrogarme el derecho de enseñaros? A mí todavía me persiguen los años sangrientos. ¿Cómo puedo atreverme a andar entre vosotros? ¿No debo primero volver a ser niño?
Siento que me empieza a entrar un calambre, como si me estuviera convirtiendo en piedra, como si me estuviera desmoronando. Despacio, me dejo caer en la silla y comprendo que no puedo permanecer aquí ni un minuto más. Trato de aferrarme a algo, pero no puedo. Entonces, después de un tiempo que me ha parecido infinito, la catalepsia cede. Me pongo de pie. “Niños”, digo angustiado, “podéis iros. Hoy no habrá clases.”
Los pequeños me miran, como para asegurarse de que lo digo en serio. Vuelvo a decirlo: “Sí, es verdad, podéis ir a jugar --todo el día. Id a jugar en el bosque, o con los perros y los gatos. Y no volváis hasta mañana.”
Con gran estrépito echan las cajas de lápices en sus carteras. Bulliciosos, y con un gorjeo de pajarillos, salen disparados…
Camino de la estación, me encuentro a un par de niñas con las boquitas embarradas y cintas flojas en el pelo que salen de una casa vecina. Acaban de enterrar en el jardín a un topo muerto, así me dicen, y oraron por él. Luego me hacen una reverencia y me dan la mano: “Auf Wiedersehen, Herr Lehrer.” (Hasta mañana, señor maestro.)
Haga usted el experimento en su aula, trate de imitar a Ernst en la vida real. Se pondrá Ud. en riesgo de que le censuren severamente. Posiblemente perderá su puesto. Pero lo importante en este pasaje de Remarque no es el incidente en sí. Es el hecho de que un hombre, inspirado por un espíritu olvidado en nuestra época, comprende que frente a la inocencia y vulnerabilidad, la honradez y espontaneidad hay una sola respuesta --la reverencia.
El concepto del niño como maestro no es nuevo, pero merece ser redescubierto una y otra vez. Es lógica consecuencia de una actitud reverente frente al niño, con más razón cuando se trata de niños con dificultades o discapacidades. De ahí que incluyo las siguientes reflexiones de Ramsey Clark, ex procurador general de los Estados Unidos. Clark es buen amigo y compañero en la lucha por la paz y padre de una mujer notable.
Ronda, nuestra primogénita, era una criatura excepcionalmente hermosa. Durante su primer año, tanto a nosotros como a su pediatra todo nos parecía normal. Pero antes de cumplir ella los dos años, comenzamos un largo peregrinaje por diversas instituciones médicas en busca de diagnóstico y tratamiento porque tardaba en aprender a hablar. Durante varios años viajamos de un lugar a otro, consultando a especialistas que sometieron a Ronda a toda clase de pruebas. A menudo los diagnósticos eran diametralmente opuestos. (Observaciones y pruebas posteriores revelaron que padecía de un leve retardo mental y de una forma benigna de epilepsia.)
Cuando Ronda estaba por cumplir los seis años de edad, estábamos ansiosos por brindarle las mejores oportunidades disponibles para su educación. Ni las escuelas públicas ni los colegios privados se adaptaban a sus necesidades. Los centros de educación para sordos no disponían de servicios para personas con discapacidades múltiples...
A lo largo de los años, buscamos soluciones en una serie de diferentes centros de rehabilitación. Tanto Ronda como nosotros tuvimos que hacer muchos ajustes; pero a todo lo largo de este proceso Ronda fue enérgica y aprendió a un ritmo constante, aunque con dificultad. Ha adquirido un vocabulario de varios miles de palabras. Escribe cartas breves y sencillas. Su lenguaje de signos es casi demasiado rápido para el ojo humano; opina que en esta materia su madre merece bajas calificaciones y su padre es bastante torpe. Posee una memoria increíble…
Hace mucho ya que dejamos de preguntarnos porqué Ronda no oye y no comprende como nosotros, y nos maravillamos por su sabiduría, su bondad y la alegría que irradia.
Al entrar en el modesto despacho de abogado de Ramsey Clark, la primera persona que encuentro es Ronda, sentada a la mesa con un lápiz de color entre los dedos. Es una escena sorprendente y hermosa, como no he visto en otras oficinas de Nueva York. Ramsey explica:
A la vez de ser presencia agradable, Ronda es fuente de continuas sorpresas. Le encanta desempeñar cualquier tarea que se le pida y siempre está dispuesta a acompañarnos. Antes que nada, Ronda es quien nos enseña cuáles son las cosas importantes en la vida: el placer de estar juntos y ayudarnos unos a otros, la belleza de ser afectuosos y tener paciencia, la futilidad de cosas materiales, el absurdo de la fama y del prestigio personal y el daño que causa el egoísmo. Nuestra hija nos ha enseñado el papel fundamental del amor para dar sentido a la vida de cada persona.
El amor de este padre por su hija manifiesta un componente fundamental de la reverencia, esto es, la humildad. Al mismo tiempo refleja la fe en que cada niño viene al mundo con un propósito de acuerdo al plan de Dios. Esto no es una verdad evidente, ya que hoy día a menudo se evalúa a una persona por su mérito --su inteligencia y atractivo, sus inversiones y cuentas bancarias. Pero si amamos realmente a los niños, acogeremos a cada uno de ellos con los brazos abiertos, sin parar mientes en el color de su piel ni en sus aptitudes, la composición de su familia o su clase social.
Lamentablemente, el estado de nuestra cultura es tal que no sólo marginamos a un sinnúmero de niños sino que, para asegurarnos que no nazcan aquellos cuya llegada a este mundo queremos evitar, destruimos a millones más. Seamos justos y demos por válido que para muchas personas el aborto equivale al asesinato. Por mi parte, lo llamaría el colmo de la irreverencia. Pero aun quienes lo juzgamos una práctica errada, ¿qué ganamos con atacar a quienes la defienden? ¿No deberíamos más bien procurar que ninguna mujer se vea forzada a recurrir al aborto? ¿No deberíamos abrigar la esperanza de que los desolados--mujeres y hombres--puedan sanarse de su pesadumbre?
Dorothy Day, la legendaria pacifista y fundadora del Catholic Worker (Trabajador Católico), recurrió al aborto en su época bohemia. Más tarde tuvo una hija, Tamar, y pudo escribir: “Hasta el más encallecido y el más irreverente queda deslumbrado ante el estupendo hecho de la creación. Por más descarada e indiferente que sea la actitud del mundo frente al nacimiento de un niño, nunca dejará de ser un formidable suceso, tanto en lo espiritual como en lo físico”.
La llegada de Tamar cambió la vida de su madre. En efecto, todo niño tiene este poder de transformación, lo cual es cierto aun del que nace muerto o muere en la primera infancia. A León Tolstoi, la muerte de uno de sus hijos trajo paz, aunque pasajera, al seno de su matrimonio plagado por desacuerdos. Al reflexionar sobre esa vivencia, Tolstoi escribió a un amigo:
Nuestro hijo vivió para que, quienes estábamos a su alrededor, nos sintiéramos inspirados por el amor común; para que, al abandonarnos y volver a su hogar con Dios Padre quien es Amor, nos uniéramos más estrechamente unos con otros. Mi esposa y yo nunca estuvimos más cerca que ahora, y nunca antes sentimos tal necesidad de amor, ni tal aversión a toda discordia, a todo mal.
De niño sentí algo de esto, dado que mis padres pasaron por una experiencia similar. Yo tenía seis años de edad cuando mi hermana Marianne murió sólo veinticuatro horas después de haber nacido. No obstante, ella ha sido parte importante de mi vida desde entonces. Dos días antes de dar a luz, mi madre sufrió un ataque al corazón que por poco se muere. Sólo por un milagro sobrevivió al parto en el primitivo hospital del pueblito paraguayo donde vivíamos.
Más de una vez en mi trabajo pastoral he sido testigo de que la vida de un niño, por breve que sea, es capaz de transformarnos, siempre que lo permitamos. Hace unos cuantos años quedé profundamente impresionado cuando vino al mundo un bebé cuyo hermano gemelo había nacido muerto. Ese acontecimiento (relatado aquí por Joe, el padre) muestra que incluso un niño que nace muerto puede ayudarnos a descubrir el profundo significado de la reverencia.
Al poco tiempo de enterarnos de que uno de nuestros gemelos no iba a sobrevivir, Deborah y yo concertamos una cita con nuestro obstetra para hablar con él de lo sucedido y del futuro. El doctor no sabía explicar por qué había muerto in utero el bebé; quizás nunca lo sabríamos… Una observación en particular nos conmovió. “Cuando llegue el bebé muerto”, dijo, “puede estar descolorido, fláccido, arrugado, pero no nos importará su apariencia. Para nosotros será hermoso.” Y después, dirigiéndose a Deborah: “Fue un alma viviente dentro de ti. Lo sentiste moverse, le hablaste, lo quisiste como sólo puede querer una madre, y lo querrás no importa cómo se vea.” La alentó a tomar en sus brazos a ambos bebés.
Al principio, la perspectiva de enterrar a uno de nuestros pequeños nos resultaba extremadamente difícil, sobre todo cuando pensábamos en lo penoso que sería el parto. Pero en los días subsiguientes nos dimos cuenta de cuán precioso sería ese día --tendríamos muy poco tiempo para ver y tomar en brazos al bebé, y podríamos hacer muy poco por él. De manera que empezamos a ansiar que llegara ese día, aun sabiendo que sería muy duro…
Cuando por fin llegó el momento del parto, Lloyd, nuestro niño vivo, fue el primero en nacer. Deborah lo tuvo en sus brazos durante unos minutos. Mientras tanto continuaban las contracciones y esperábamos nerviosos, preparados para una larga batalla. Al final todo transcurrió sin complicaciones, y de repente el doctor anunció la llegada del otro bebé.
Loren, nuestro querido segundo gemelo, estaba muy bien formado, aunque sus huesitos se habían reblandecido y su pequeño cráneo se había desintegrado casi por completo. Pero eso no tenía la menor importancia; pronto una gorrita de punto lo cubrió. Coloqué una de sus manitas sobre uno de mis dedos y me quedé sentado así con él durante quince o veinte minutos. Loren tenía las mismas manchitas blancas que Lloyd en la nariz.
La enfermera lavó el cuerpito de Loren, su abuela tomó impresiones de sus pequeñas manos y pies. Deborah le cortó un mechoncito de pelo para pegarlo en su álbum. Después lo vistió con una batita y lo envolvió en una frazada. Luego lo colocamos en un minúsculo ataúd blanco que teníamos preparado en la pieza contigua.
Más tarde acostamos a Loren junto a su hermano en la pequeña cuna. Lloyd había estado inquieto, pero una vez que estuvieron uno al lado del otro, se tranquilizó y se durmió. ¿Habrá sabido que era la última vez que estarían juntos? Entonces volvimos a colocar a Loren en su féretro y pusimos un ramito de flores entre sus manitas.
En ese momento nuestros otros hijos entraron para ver a sus dos hermanitos. Les habíamos dicho lo que había sucedido, pero no sabíamos cómo iban a reaccionar. Se arremolinaron en torno al pequeño ataúd y lo contemplaron en un silencio absoluto. No parecían ni confusos ni temerosos de su apariencia…
Loren nunca llegó a respirar, nunca abrió sus ojos, nunca emitió un sonido. Murió antes de salir del seno de su madre. Nunca conoceremos la causa ni el momento exacto de su muerte. Pero sí sabemos que Loren nos fue confiado para que cuidáramos de él, aunque fuera por breve tiempo. Tenemos la certeza de que Dios tuvo un propósito, y que ese propósito se realizó.
Quienes no lo comprenden, podría tentarles decir que Loren nunca vivió. En cuanto a nosotros, Loren transformó nuestras vidas. Y Lloyd recordará siempre a su primer compañero de juegos; a lo largo de toda su vida será consciente de la presencia de su gemelo. Casi todos los días nos dice que su hermanito “lo mira desde el cielo”. Aunque fuera por esta única razón, sabemos que Loren no vivió en vano.
Johann Christoph Arnold
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