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La explotación del trabajo infantil en el mundo
Publicamos un Dossier sobre el drama de la explotación del trabajo infantil: se calcula que 218 millones de niños en el mundo, entre 5 y 17 años, son obligados a trabajar hasta 16 horas diarias, en lugar de realizar otras actividades acordes con su edad, como estudiar o jugar.
INTRODUCCION
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Con ocasión de la Jornada de la Infancia Misionera, promovida por la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, que se celebra en la solemnidad de la Epifanía del Señor, el 6 de enero, o en algún domingo de enero según las exigencias locales, la Agencia FIDES publica un Dossier sobre el drama de la explotación del trabajo infantil: se calcula que 218 millones de niños en el mundo, entre 5 y 17 años, son obligados a trabajar hasta 16 horas diarias, en lugar de realizar otras actividades acordes con su edad, como estudiar o jugar.
“Es el niño de Belén quien nos reclama... pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños”
“El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. En esta noche, oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños”. Este fue el fuerte llamado del Papa Benedicto XVI que, durante la Misa de Noche Buena celebrada en la Basílica Vaticana, llamó una vez más fuertemente la atención en relación a todos los niños, “particularmente los niños sufrientes y los que son víctimas del abuso en el mundo”, y recordó que en cada uno de ellos está el Niño de Belén “que nos reclama”, y debemos rezar intensamente para que Dios nos ayude “a hacer todo lo que esté en nuestra mano” para que sea respetada su dignidad.
El sufrimiento de los niños “que no experimentan ningún amor” no es algo particular de nuestros tiempos, aunque hoy en día pueda ser otra o pueda haberse ampliado la gama de circunstancias en las que tal sufrimiento se realiza: niños soldados, niños obreros, niños explotados sexualmente o para tráfico de órganos, niños reducidos a la esclavitud, niños a los que se les impide nacer a la vida o renacer a la fe...
Por mandato de su Señor, quien se hizo “niño” y vino a la tierra para redimir a la humanidad esclava del pecado y anunciar la igual dignidad de cada ser humano, la Iglesia, desde siempre, se ha inclinado frente al sufrimiento del hombre, ha siempre tomado en serio la vida cotidiana de los hombres y mujeres de cada continente, pueblo y raza, interviniendo allí donde fuese necesario defender y ayudar a los más débiles, a los más pequeños. Donde hay injusticia, explotación, esclavitud, marginación, la Iglesia ha hecho sentir su voz anunciando el Evangelio, realizando obras de justicia y caridad para dar consuelo a los más olvidados. La historia está llena de estos ejemplos. Los primeros hospitales, por ejemplo, surgieron gracias a las hermandades y a las órdenes mendicantes para aliviar el sufrimiento de aquellos que no podían permitirse las costosas curas de un médico.
También hoy en día la Iglesia está en primera línea, a veces humanamente sola pero con la firme certeza de la asistencia de su Señor, en lo que se refiere a confortar materialmente a los hermanos más necesitados, con mayor razón si son más indefensos a causa de su joven edad, como es el caso de los niños, tanto en las grandes metrópolis como en las zonas más alejadas del planeta. El Papa Benedicto XVI una vez más nos ha exhortado a comprometernos de manera personal, a no delegar a otros la tarea de defender y respetar la dignidad de los niños explotados , “en cada uno de ellos está el “Niño de Belén” que nos reclama”. (S.L.)
Desde 1843 “los niños ayudan a los niños” con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera (OPIM)
“Los niños ayudan a los niños” es el slogan que caracteriza a la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, presente ya en 150 países del mundo. El punto focal de la Obra es el rol particular asignado a los “más pequeños” en el anuncio del Evangelio y en el testimonio del Amor del Padre aliviando los sufrimientos de sus coetáneos. Con los fondos recogidos por estos niños misioneros de todas las naciones, son sostenidos cientos de proyectos a favor de millones de niños en los cinco continentes: se distribuye comida, vestimenta, medicina, material escolástico… Se promueve la construcción y mantenimiento de escuelas, orfanatos, despensas, hospitales, centros de catequesis y de recuperación… Se sostienen también iniciativas en los campos de la pastoral de la infancia, de la catequesis, de la educación pre-escolar y escolar, de la defensa de la vida, y de la formación cristiana y misionera.
Este intenso e incansable movimiento de ayuda “desde los pequeños hacia los pequeños” se debe a la inspiración carismática de un obispo francés. Hacia la mitad del 1800 Mons. Charles August Marie de Forbin-Janson (1785-1844), obispo de Nancy, animado por un gran celo misionero, quedó consternado al ver los sufrimientos a los que eran sometidos los niños. Las cartas que llegaban de parte de los misioneros, especialmente de China, hablaban de niños que eran eliminados al nacer, por ser de sexo femenino, o por tener defectos físicos o psíquicos o simplemente por la imposibilidad de subsistir en medio de la pobreza general. ¡Había necesidad de ayuda urgente y generosa de parte de todos para salvar a estas criaturas lanzadas a la muerte!
La fuerte tensión misionera de este gran obispo, encontró su sentido en la devoción a Jesús Niño, devoción que él venía ya difundiendo y a la que dotó de una impostación misionera. El nombre mismo “Santa Infancia” expresa su voluntad de poner la Asociación bajo la protección de Jesús Niño. La fecha que signa oficialmente el inicio de la Obra de la Santa Infancia es el 19 de mayo de 1843. La intuición de Mons. De Forbin-Janson fue la de crear un movimiento de niños cristianos para ayudar a niños paganos a encontrar al Señor y salvarlos de la muerte. Su objetivo era salvarlos sobretodo por medio del Bautismo y educándolos cristianamente, todo lo cual debería ser fruto de una caridad apostólica y solidaria, es decir de un espíritu genuinamente misionero y no sólo de acción social. La Obra encontró el favor de personas y de instituciones involucradas sobretodo en la educación de los niños, y tuvo así un rápido crecimiento en Europa y Norteamérica. En su proceso de afianzamiento pudo gozar de un apoyo total por parte de la Iglesia y del Papa León XIII que la promovió con su Encíclica “Sancta Dei Civitas” (3 de diciembre de 1880). El 3 de mayo de 1922 Pió XI le confirió el título de “Pontificia”.
Los objetivos: 1. La Obra Pontificia de la Santa Infancia (OPSI) se dirige a los niños y a los jóvenes hasta la adolescencia para despertar en ellos la consciencia misionera y así sostener, con una acción pedagógica cualificada y vigilada, su apertura a la caridad y a la solidaridad cristiana. 2. Conociendo y experimentando en la «Escuela de Jesús» la evidencia de una vida gozosa en Jesús, su Hermano, ellos rezan y procuran que todos los niños del mundo lo conozcan y lo amen. 3. La parroquia, la escuela y la familia están también involucradas en el programa pedagógico-catequético de la formación de sus jóvenes, quienes a su vez actúan como sujetos activos de su propia educación. Son gradualmente conducidos a abrir su mente a las diversas dimensiones de la realidad y a orientar los afectos de su corazón a la renuncia de lo temporales por sus coetáneos que pasan necesidad. 4. La OPSI propone a los jóvenes como ideal de vida, por amor de Jesús y para imitarlo, la vocación a la Misión de salvar niños haciéndolos hijos de Dios para poder ser hombres íntegros.
Los medios espirituales: Una particular devoción al Niño Jesús, hermano de todos los niños del mundo. 2. La participación más frecuente en la Eucaristía para estar en comunión sincera con Jesús y con todos los niños del mundo. 3. Un Avemaría diario a la Madre de Jesús por todos los niños sufrientes y necesitados de ayuda. 4. La inscripción como miembro de la Infancia Misionera para llevar el Evangelio a los demás. 5. La preparación por medio de la oración y el canto para anunciar el Nacimiento del Niño Jesús como «Cantores de la Estrella». 6. La celebración de la Jornada Mundial de la Infancia Misionera.
Los medios materiales: 1. Un programa específico de preparación para los dirigentes y animadores de la OPSI y de sensibilización para los obispos de 110 países que forman parte de este organismo. 2. Una oferta semanal de dinero por los niños pobres del mundo. 3. La participación en las actividades a favor de los niños, para que se les permita nacer, para que no sean explotados con fines económicos o sexuales, para que se ofrezca la plena disponibilidad para acoger niños emigrados o refugiados. 4. La colecta y distribución de fondos destinados a proyectos de educación y asistencia de la Infancia Misionera en el mundo. 5. La participación en manifestaciones tradicionales, o programadas por diversos grupos, para recoger ayudas y contribuciones que se destinan a la subsistencia y educación de niños pobres (S.L.)
Para mayor información sobre las actividades de la OPSI en inglés, francés, español y portugués:
http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_eng.doc http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_esp.doc http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_fra.doc http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_por.doc
Trabajo infantil: un drama sin límites
Desde la mañana temprano hasta pasada la noche, en lugares estrechos y oscuros, en medio de la humedad, en cuartos subterráneos o en el silencio de los muros de una casa. Explotados por poco dinero y sin ningún tipo de protección, son obligados a trabajar doblando las espaldas a su corta edad. Son millones los niños explotados en el mundo del trabajo, particularmente numerosos en los países en vía de desarrollo, aunque presentes también de manera clandestina en países ricos y donde hay bienestar.
Es sobre todo la edad lo que produce estupor: todos tienen entre cinco y quince años. Son empleados en casi cualquier tipo de trabajo, desde el doméstico hasta otros en condiciones de peligro, como la extracción de minerales o en fábricas químicas. Sus manos, preciadas en cuanto que pequeñas, llegan adonde las manos de los adultos no pueden llegar: por ello son tan requeridas en las fábricas textiles, como también en las de fósforos y fuegos artificiales. La mayor parte, sin embargo, son empleados en labores de campo, frecuentemente junto a la familia, ya que también el trabajo de un niño tiene un gran valor.
En los centros urbanos, donde no hay campo para cultivar, son a veces las mismas familias las que prefieren mandar a sus hijos a trabajar en alguna bodega, bar o restaurante. De este modo contribuyen en algo con el magro presupuesto familiar. Emplean todo un día para poder recibir una paga miserable y no dedican siquiera una hora a aquello a lo que más bien tendrían derecho, una instrucción digna y una infancia serena. En muchos países el trabajo de menores está prohibido por ley con ciertos límites de edad, pero esto muchas veces no impide que gran número de niños, en vez de ir a la escuela, trabajen hasta dieciséis horas diarias. La experiencia de muchas asociaciones y grupos que luchan por garantizar una vida mejor a estos niños se suelen topar con una realidad muy dura. Una vez que han sido individuados y acogidos en centros escolásticos o de simple acogida, son los mismos niños los primeros en pedir regresar a su lugar de trabajo, pues allí tienen al menos una pequeña paga jornalera que la instrucción, en cambio, no garantiza.
El trabajo de menores, pues, suele ser parte de todo un contexto de degradación cultural y ambiental en el que, ya sea por hambre o por ignorancia, hasta unos pocos centavos son más valorados que una hora de instrucción.
En Asia, por ejemplo, hay quienes con tan sólo 16 años —poco más que la edad de un niño— trabajan como obreros en una empresa. Dieciséis horas al día de trabajo y al final del mes la paga es de cerca de 6 dólares y medio. Una miseria, ciertamente, pero para él y para su familia constituyen la única fuente de sustento. Al final del mes el niño vuelve a su casa y entrega el dinero íntegramente a su madre, a su padre o a sus hermanos, y con el poco dinero reunido la familia tiene que seguir adelante por un mes.
Además de las consecuencias inmediatas que se generan en la salud del niño, tal vez sea el problema de la falta de instrucción el que mayor impacto negativo produce para las futuras generaciones. Con mucha frecuencia no existen escuelas o las que existen son demasiado lejanas del lugar donde habitan los niños. Otras veces, en cambio, cuando las escuelas están al alcance, los mismos niños no quieren frecuentarlas, obligados a la fuerza por los adultos o inducidos a situaciones de degradación.
En la India, en el distrito de Bellary, desde hace algunos años compañías internacionales han comprado grandes terrenos para explotarlos como mineras. Llaman para trabajar a los rostros más humildes de la población, incluso muchos niños. Se calcula, de hecho, que el 50% de los trabajadores de las mineras son niños, que llegan a un total de 200 mil. (F.B.G.)
EL EVANGELIO Y LOS NIÑOS
Jn 4,49-54: Le dice el funcionario: "Señor, baja antes que se muera mi hijo." Jesús le dice: "Vete, que tu hijo vive." Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: "Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre." El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: "Tu hijo vive", y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.
Jn 16,21-23: La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Lc 1,42-45: Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!"
Lc 1,59-66: Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: "No; se ha de llamar Juan." Le decían: "No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre." Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. El pidió una tablilla y escribió: "Juan es su nombre." Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: "Pues ¿qué será este niño?" Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.
Lc 1,76: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos.
Lc 2,12-17: y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace." Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: "Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado." Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño.
Lc 2,38: Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Lc 2,40: El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.
Lc 18,15-17: Le presentaban también los niños pequeños para que los tocara, y al verlo los discípulos, les reñían. Mas Jesús llamó a los niños, diciendo: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él."
Mc 5,39-42: Entra y les dice: "¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida." Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: "Talitá kum", que quiere decir: "Muchacha, a ti te digo, levántate." La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor.
Mc 9,34-37: Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos." Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado."
Mc 10,13-16: Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él." Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.
Mt 2,13-21: Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle." El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi hijo.” Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen”. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: "Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño." El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
Mt 18,1-11: En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: "¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?" El llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: "Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. "Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! "Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna del fuego. "Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. Pues el hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.
Mt 19,13-15: Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos. Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.
Mt 21,16: ... y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Sí, les dice Jesús. ¿No habéis leído nunca que De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?
EN EL MAGISTERIO PONTIFICIO
Papa León XIII
Si desde siempre la Iglesia ha tenido en el centro de su preocupación la vida cotidiana del ser humano, en todos los ambientes en los que se desarrolla, interviniendo donde hubiese necesidad de defender o de ayudar a los más débiles y pequeños, es el mundo del trabajo el ámbito al que la Iglesia en el último siglo ha prestado la mayor de sus atenciones, hasta el punto de poder hablar de una propia y verdadera Doctrina Social dedicada a ese tema. Con la revolución industrial, en efecto, se creó toda una clase social proletaria, muchas veces explotada y marginada. Se trata de un gran segmento de la población que además vivía amenazada por el peligro de las nuevas teorías marxistas que proponían ideales ateos y anticristianos con el fin de sublevar al pueblo contra los llamados “patrones”. Tampoco en este ámbito la Iglesia renunció a hacer sentir su voz, y desde entonces no ha dejado nunca de preocuparse por el mundo del trabajo.
El Papa León XIII, cuando se podía ya percibir los resultados a veces nefastos de la revolución industrial, dedicó, primero, una Carta Encíclica, la Rerum Novarum, de 1892, a los problemas relativos al mundo del trabajo y en particular a la cuestión de los obreros “con el fin de poner en relieve los principios con los cuales, según la justicia y la equidad, se debe resolver la cuestión” (n. 1). En aquel contexto histórico, como se ha visto, el problema del trabajo infantil era particularmente frecuente y numeroso, tanto que el Papa León XIII dedicó a ello, entre los problemas de la cuestión del obrero que más ocupaban sus pensamientos, una particular atención. En el número 33, exhorta: “en cuanto a los niños, se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo, a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agosta, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo”.
Papa Juan Pablo II
En 1990 Juan Pablo II intervino con su mensaje en el Congreso Mundial sobre los niños, que se desarrolló en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York; en él subrayaba la dignidad y el respeto peculiar que se debe a cada niño, y acentuaba sobre todo el rol fundamental de la familia.
En abril de 1997, durante la oración del Regina Caeli, el Papa Juan Pablo II afirmaba, a propósito del respeto a los niños y la protección del menor: “La Comisión de las Naciones Unidas para los derechos del hombre, reunida actualmente en Ginebra, tratará durante los próximos días el tema de los derechos del niño y, en particular, de la protección jurídica de los menores en los conflictos armados. He recordado esta preocupante cuestión en varias oportunidades y también en el mensaje para la Jornada mundial de la paz del año pasado. Hoy deseo reafirmar la gran preocupación de la Iglesia por el respeto al niño y el desarrollo integral y armonioso de su personalidad. Por tanto, renuevo mi llamamiento a los responsables de la vida política y social para que, inspirándose en los principios de la moral y del derecho, impidan a toda costa que los niños se conviertan en protagonistas de las guerras, obligados a empuñar las armas y a matar a sus semejantes. Inexpertos y frágiles, son las primeras víctimas de la violencia y de la guerra. Si queremos la paz, eduquemos en la paz a quienes se preparan para construir la sociedad del mañana”.
Durante el Jubileo de los niños, el 2 de enero del 2000, en una Plaza San Pedro constelada de niños de todas las edades y de toda nacionalidad, el Papa Juan Pablo II recordó a los pequeños la alegría de haber conocido a Cristo y los invitó a no olvidar a sus coetáneos que sufren en el mundo:“Queridos niños; queridos muchachos, esta mañana muchos de vosotros, con vuestros padres y acompañantes, habéis participado en la misa jubilar en la basílica de San Pedro. Al entregarse a vosotros en la Eucaristía, Jesús os ha revelado que la vida cobra todo su valor cuando se convierte en don para los demás. El testimonio de los santos y de los mártires, que se veneran en la ciudad eterna, os ha ayudado a comprender que sólo con Cristo es posible realizar grandes cosas y que sólo con él es posible ser felices y hacer felices a los demás. Queréis gritar a todos vuestra alegría por el don que el Padre nos ha hecho enviándonos a su Hijo Jesús para que fuera nuestro hermano. Testimoniad al mundo que, acogiendo a Jesús en medio de nosotros, es posible hacer que la humanidad se convierta en una gran familia. Al inicio de un nuevo año, queridos niños y muchachos, no podemos olvidar a todos vuestros coetáneos que sufren a causa del hambre y la violencia, y a los que son víctimas de formas horribles de explotación. No podemos olvidar a los numerosos niños a los que se niega incluso el derecho a nacer. Cuando las personas quieren construir un mundo ignorando a Dios y su ley, de hecho crean una situación de injusticia y sufrimiento cada vez mayores.” Seguidamente, el Papa insistió de manera particular en un punto: “Testimoniad al mundo que, acogiendo a Jesús en medio de nosotros, es posible hacer que la humanidad se convierta en una gran familia”. Y más adelante subrayó cómo las instituciones tienen el deber de poner a la familia en grado de poder ejercitar sus funciones principales, que son transmitir la vida y la educación, y citó al respecto la Convención Internacional acerca de los derechos del niño, como una carta fundamental que debe ser estímulo para cada acción que se tome a favor de la infancia: “Cada individuo, aunque sea pequeño o aparentemente insignificante en términos de utilidad —ha recordado el Papa Juan Pablo II—, lleva en sí la imagen y semejanza de su Creador. Las políticas y las acciones que no reconozcan esta condición única de la dignidad humana se hacen incapaces de llevar a un mundo más justo y humano”.
En el Mensaje a los budistas con ocasión de la fiesta de Vesakh 2004, titulado “Cristianos y Budistas, juntos velamos por los niños, futuro de la humanidad”, el Papa Juan Pablo II recordaba la importancia de la familia, así como sus responsabilidades, y pedía a las autoridades civiles un compromiso generoso por el bien de los niños: “Los niños, en cuanto pequeños y vulnerables, necesitan ser protegidos, amados y educados. Este es el motivo por el cual los niños y la familia deben caminar juntos. La familia es el primer lugar en el que los niños son nutridos con aquel amor y aquella atención que ellos, a su vez, manifiestan a los demás. De este modo la raza humana entera se hace en este planeta una única familia... Hoy, lamentablemente, muchos niños del mundo son privados, en diversa medida, de una familia estable, algo tan fundamental para la sociedad. Existen niños que no han conocido jamás una familia o que han sido abandonados por sus familias. Existen niños que han sido obligados a soportar el trauma causado por peleas entre los padres o por la disgregación de su familia. Peor aún, existen pequeños que han sido duramente golpeados por la violencia de los adultos por medio de abusos sexuales o la prostitución, o siendo obligados a mendigar, o siendo en el mundo de la venta o uso de drogas, u obligados a participar en la guerra, etc... ¿Y qué decir de la tragedia del SIDA? Hoy en día cientos de miles de niños están siendo infectados con el HIV y un gran un gran número muere a causa del SIDA, muchos de los cuales lo contraen desde el nacimiento. Aunque inocentes, estos niños sólo conocen el sufrimiento y luego la muerte. Nosotros, cristianos y budistas, no podemos cerrar los ojos frente a estas situaciones trágicas. Como creyentes debemos tener la mirada puesta en las necesidades que pasan los niños, tanto en nuestras familias como en la sociedad entera. Debemos poner en juego todas nuestras fuerzas y recursos para aliviar los sufrimientos de los niños y de manera especial para llegar a los que viven en los países más pobres. Los gobiernos, así como las autoridades civiles y todas las personas de buena voluntad, pueden también, por nuestro propio testimonio, ser movidos a involucrarse más y trabajar por el bienestar de todos los niños”.
Hasta en dos ocasiones el Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz del Papa Juan Pablo II se ocupó, entre diversos temas, de la explotación infantil. El Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz de 1996 estuvo dedicado al tema “Demos a los niños un futuro de paz”. En él se presenta un elenco de muchos de los males que hoy en día afligen a la infancia en el mundo. Entre estos, se denunciaba también la grave situación en la que muchos niños, a causa de la miseria, son obligados a trabajar: “La miseria está en el origen de condiciones de existencia y de trabajo inhumanas. En algunos países hay niños obligados a trabajar desde su infancia, maltratados, castigados violentamente, remunerados con una paga irrisoria: al no tener manera de hacerse respetar, son los más fáciles de chantajear y explotar” (n.5). Seguidamente el Mensaje explica las razones por las cuales la explotación infantil era y sigue siendo un problema, sobre todo un problema moral: “Los niños no son una carga para la sociedad, ni son instrumentos de ganancia, ni simplemente personas sin derechos; son miembros valiosos de la familia humana, cuyas esperanzas, expectativas y potencialidades encarnan” (n. 9).
Dos años después, Juan Pablo II se concentró nuevamente en este delicado asunto. Esta vez el tema del mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, del 1º de enero de 1998, era: “De la justicia de cada uno nace la paz para todos”. Entre las formas de injusticia hacia el ser humano consideradas particularmente graves mencionó “el aumento de la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños” y particularmente “la explotación laboral de los menores en condiciones de verdadera esclavitud” (n.6). El trabajo infantil es también denunciado como una grave forma de injusticia a nivel social y comunitario, una injusticia entre otras, de la cual de ningún modo puede brotar la paz. Se invoca por ello, sobre todo, la justicia como un compromiso personal, ya que “la paz para todos nace de la justicia de cada uno. Nadie puede desentenderse de una tarea de importancia tan decisiva para la humanidad. Es algo que implica a cada hombre y mujer, según sus propias competencias y responsabilidades” (n. 7).
También a los niños dedicó completo el Mensaje para la Cuaresma del 2004, titulado “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe”. Escribe el Papa: “Jesús amó a los niños y fueron sus predilectos 'por su sencillez, su alegría de vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro' (Ángelus, 18.12.1994). Ésta es la razón por la cual el Señor quiere que la comunidad les abra el corazón y los acoja como si fueran Él mismo: 'El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe' (Mt 18,5). Junto a los niños, el Señor sitúa a los 'hermanos más pequeños', esto es, los pobres, los necesitados, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o bien tratarlos con indiferencia y rechazarlos, es como si se hiciera lo mismo con Él, ya que Él se hace presente de manera singular en ellos”. El tema del Mensaje ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la condición de los niños: “las palabras de Jesús son una exhortación a examinar cómo son tratados los niños en nuestras familias, en la sociedad civil y en la Iglesia” escribe el Papa, “son un estímulo para descubrir la sencillez y la confianza que el creyente debe desarrollar, imitando al Hijo de Dios, el cual ha compartido la misma suerte de los pequeños y de los pobres.”... “Hacerse” pequeños y “acoger” a los pequeños: son dos aspectos de una única enseñanza que el Señor renueva a sus discípulos en este nuestro tiempo. Sólo quien se hace “pequeño” es capaz de acoger con amor a los hermanos más “pequeños”.
Juan Pablo II recuerda de este modo a cuantos buscan seguir fielmente estas enseñanzas del Señor, y particularmente “a los padres que no dudan en tener una familia numerosa, a las madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del éxito profesional y la carrera, se preocupan por transmitir a los hijos aquellos valores humanos y religiosos que dan el verdadero sentido a la existencia”; y también a cuantos “se hacen cargo de la formación de la infancia en dificultad, y alivian los sufrimientos de los niños y de sus familiares causados por los conflictos y la violencia, por la falta de alimentos y de agua, por la emigración forzada y por tantas injusticias existentes en el mundo”. No calla el Santo Padre ante el egoísmo de tantos, que hiere profundamente a los más pequeños por medio de abusos sexuales, la prostitución, o la inducción en el mundo de la distribución y consumo de drogas. Tampoco puede olvidarse la realidad de niños obligados a trabajar o involucrados en la guerra; inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar; pequeños golpeados por el tráfico de órganos o de personas, la tragedia del SIDA, que en África cobra miles de vidas, de las cuales muchas fueron contagiadas desde el nacimiento. “¡La humanidad no puede cerrar los ojos frente a un drama tan preocupante!”.
Recibiendo en audiencia el 14 de junio de 2003 a cerca de 7000 jóvenes de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, convocados con sus asistentes y catequesis de todas las diócesis italianas, para celebrar en torno al Sucesor de Pedro los 160 años de la fundación de este organismo y para renovar su compromiso misionero, el Santo Padre dijo: “Es hermoso considerar la Obra pontificia de la Infancia Misionera como un inmenso coro, formado por niños de todo el mundo, que cantan juntos su "Heme aquí" a Dios con su oración, con su entusiasmo y con su compromiso concreto”. “En vuestro corazón y en vuestros labios Dios pone tan sólo dos palabras, que en la Biblia son muy importantes: "Heme aquí". Las pronunció el Hijo de Dios cuando vino al mundo, y toda su vida consistió en responder prontamente "Heme aquí" al Padre celestial. "Heme aquí" fue la respuesta de la Virgen María al ángel que le llevó el anuncio de Dios. Con esas palabras, la Virgen aceptó dócilmente la misión de convertirse en Madre de Jesús y, por tanto, en Madre de la Iglesia. También vosotros, queridos pequeños misioneros, debéis aprender a responder "Heme aquí", invocando la ayuda de Jesús y de María”. Desde hace 160 años el lema de la Infancia Misionera ha sido: “Los niños ayudan a los niños”, una ayuda que se da sobretodo en la oración y también por medio de contribuciones económicas. “Ciertamente, se han producido grandes y profundas transformaciones en la humanidad desde la mitad del siglo XIX hasta hoy —subrayó el Santo Padre—. En el así llamado "norte" del mundo las condiciones de vida de la infancia han mejorado, pero el desarrollo económico y social no siempre ha ido acompañado por el desarrollo humano en sentido pleno. Se ha producido una pérdida de valores, y quienes pagan el precio más alto son precisamente los más pequeños, por no decir que incluso en las naciones desarrolladas siguen existiendo áreas de gran pobreza. En el "sur" del planeta, el grito de millones de niños, condenados a morir de hambre y de enfermedades relacionadas con la pobreza, es cada vez más desgarrador e interpela a todos”. El Papa recordó que los niños de la Infancia Misionera deben ser los primeros en responder a la llamada de sus coetáneos, formando así “una cadena de solidaridad a través de los cinco Continentes”, y los exhortó a ser “testigos y profetas de Cristo” pidiendo la ayuda necesaria a la Madre de Dios, sobre todo por medio del rezo del rosario.
Carta del Papa Juan Pablo II a los niños (13 de diciembre de 1994)
¡Queridos niños!
Nace Jesús
Dentro de pocos días celebraremos la Navidad, fiesta vivida intensamente por todos los niños en cada familia. Este año lo será aún más porque es el Año de la Familia. Antes de que éste termine, deseo dirigirme a vosotros, niños del mundo entero, para compartir juntos la alegría de esta entrañable conmemoración.
La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es vuestra fiesta! Vosotros la esperáis con impaciencia y la preparáis con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena de Belén.
Parece que os estoy viendo: preparando en casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador. ¡Es cierto! En el período navideño el establo con el pesebre ocupa un lugar central en la Iglesia. Y todos se apresuran a acercarse en peregrinación espiritual, como los pastores la noche del nacimiento de Jesús. Más tarde los Magos vendrán desde el lejano Oriente, siguiendo la estrella, hasta el lugar donde estaba el Redentor del universo.
También vosotros, en los días de Navidad, visitáis los nacimientos y os paráis a mirar al Niño puesto entre pajas. Os fijáis en su Madre y en san José, el custodio del Redentor. Contemplando la Sagrada Familia, pensáis en vuestra familia, en la que habéis venido al mundo. Pensáis en vuestra madre, que os dio a luz, y en vuestro padre. Ellos se preocupan de mantener la familia y de vuestra educación. En efecto, la misión de los padres no consiste sólo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento.
Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena! También los días que siguen al nacimiento de Jesús son días de fiesta: así, ocho días más tarde, se recuerda que, según la tradición del Antiguo Testamento, se dio un nombre al Niño: llamándole Jesús.
Después de cuarenta días,se conmemora su presentación en el Templo, como sucedía con todos los hijos primogénitos de Israel. En aquella ocasión tuvo lugar un encuentro extraordinario: el viejo Simeón se acercó a María, que había ido al Templo con el Niño, lo tomó en brazos y pronunció estas palabras proféticas: « Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2, 29-32). Después, dirigiéndose a María, su Madre, añadió: « Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones » (Lc 2, 34-35). Así pues, ya en los primeros días de la vida de Jesús resuena el anuncio de la Pasión, a la que un día se asociará también la Madre, María: el Viernes Santo ella estará en silencio junto a la Cruz del Hijo. Por otra parte, no pasarán muchos días después del nacimiento para que el pequeño Jesús se vea expuesto a un grave peligro: el cruel rey Herodes ordenará matar a los niños menores de dos años, y por esto se verá obligado a huir con sus padres a Egipto.
Seguro que vosotros conocéis muy bien estos acontecimientos relacionados con el nacimiento de Jesús. Os los cuentan vuestros padres, sacerdotes, profesores y catequistas, y cada año los revivís espiritualmente durante las fiestas de Navidad, junto con toda la Iglesia: por eso conocéis los aspectos trágicos de la infancia de Jesús.
¡Queridos amigos! En lo sucedido al Niño de Belén podéis reconocer la suerte de los niños de todo el mundo. Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos. ¿Cómo es posible permanecer indiferente ante al sufrimiento de tantos niños, sobre todo cuando es causado de algún modo por los adultos?
Jesús da la Verdad
El Niño, que en Navidad contemplamos en el pesebre, con el paso del tiempo fue creciendo. A los doce años, como sabéis, subió por primera vez, junto con María y José, de Nazaret a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua. Allí, mezclado entre la multitud de peregrinos, se separó de sus padres y, con otros chicos, se puso a escuchar a los doctores del Templo, como en una « clase de catecismo ». En efecto, las fiestas eran ocasiones adecuadas para transmitir la fe a los muchachos de la edad, más o menos, de Jesús. Pero sucedió que, en esta reunión, el extraordinario Adolescente venido de Nazaret no sólo hizo preguntas muy inteligentes, sino que él mismo comenzó a dar respuestas profundas a quienes le estaban enseñando. Sus preguntas y sobre todo sus respuestas asombraron a los doctores del Templo. Era la misma admiración que, en lo sucesivo, suscitaría la predicación pública de Jesús: el episodio del Templo de Jerusalén no es otra cosa que el comienzo y casi el preanuncio de lo que sucedería algunos años más tarde.
Queridos chicos y chicas, coetáneos del Jesús de doce años, ¿no vienen a vuestra mente, en este momento, las clases de religión que se dan en la parroquia y en la escuela, clases a las que estáis invitados a participar? Quisiera, pues, haceros algunas preguntas: ¿cuál es vuestra actitud ante las clases de religión? ¿Os sentís comprometidos como Jesús en el Templo cuando tenía doce años? ¿Asistís a ellas con frecuencia en la escuela o en la parroquia? ¿Os ayudan en esto vuestros padres?
Jesús a los doce años quedó tan cautivado por aquella catequesis en el Templo de Jerusalén que, en cierto modo, se olvidó hasta de sus padres. María y José, regresando con otros peregrinos a Nazaret, se dieron cuenta muy pronto de su ausencia. La búsqueda fue larga. Volvieron sobre sus pasos y sólo al tercer día lograron encontrarlo en Jerusalén, en el Templo. « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando » (Lc 2, 48). ¡Qué misteriosa es la respuesta de Jesús y cómo hace pensar! « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? » (Lc 2, 49). Era una respuesta difícil de aceptar. El evangelista Lucas añade simplemente que María « conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (2, 51). En efecto, era una respuesta que se comprendería sólo más tarde, cuando Jesús, ya adulto, comenzó a predicar, afirmando que por su Padre celestial estaba dispuesto a afrontar todo sufrimiento e incluso la muerte en cruz.
Jesús volvió de Jerusalén a Nazaret con María y José, donde vivió sujeto a ellos (cf. Lc 2, 51). Sobre este período, antes de iniciar la predicación pública, el Evangelio señala sólo que « progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52).
Queridos chicos, en el Niño que contempláis en el nacimiento podéis ver ya al muchacho de doce años que dialoga con los doctores en el Templo de Jerusalén. Él es el mismo hombre adulto que más tarde, con treinta años, comenzará a anunciar la palabra de Dios, llamará a los doce Apóstoles, será seguido por multitudes sedientas de verdad. A cada paso confirmará su maravillosa enseñanza con signos de su potencia divina: devolverá la vista a los ciegos, curará a los enfermos e incluso resucitará a los muertos. Entre ellos estarán la joven hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim, devuelto vivo a su apenada madre.
Es justamente así: este Niño, ahora recién nacido, cuando sea grande, como Maestro de la Verdad divina, mostrará un afecto extraordinario por los niños. Dirá a los Apóstoles: « Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis », y añadirá: « Porque de los que son como éstos es el Reino de Dios » (Mc 10, 14). Otra vez, estando los Apóstoles discutiendo sobre quién era el más grande, pondrá en medio de ellos a un niño y dirá: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos » (Mt 18, 3). En aquella ocasión pronunciará también palabras severísimas de advertencia: « Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar » (Mt 18, 6).
¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».
En efecto, ¿qué quiere decir: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.
¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: « Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (1, 14); y además: « A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios » (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad, de la que os escribo ya al término del Año de la Familia. Alegraos por este « Evangelio de la filiación divina ». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos, en el Año de la Familia.
Jesús se da a sí mismo
Queridos amigos, la Primera Comunión es sin duda alguna un encuentro inolvidable con Jesús, un día que se recuerda siempre como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía, instituida por Cristo la víspera de su pasión durante la Ultima Cena, es un sacramento de la Nueva Alianza, más aún, el más importante de los sacramentos. En ella el Señor se hace alimento de las almas bajo las especies del pan y del vino. Los niños la reciben solemnemente la primera vez -en la Primera Comunión- y se les invita a recibirla después cuantas más veces mejor para seguir en amistad íntima con Jesús.
Para acercarse a la Sagrada Comunión, como sabéis, se debe haber recibido el Bautismo: este es el primer sacramento y el más necesario para la salvación. ¡Es un gran acontecimiento el Bautismo! En los primeros siglos de la Iglesia, cuando los que recibían el Bautismo eran sobre todo los adultos, el rito se concluía con la participación en la Eucaristía, y tenía la misma solemnidad que hoy acompaña a la Primera Comunión. Más adelante, al empezar a administrar el Bautismo principalmente a los recién nacidos -es también el caso de muchos de vosotros, queridos niños, que por tanto no podéis recordar el día de vuestro Bautismo- la fiesta más solemne se trasladó al momento de la Primera Comunión. Cada muchacho y cada muchacha de familia católica conoce bien esta costumbre: la Primera Comunión se vive como una gran fiesta familiar. En este día se acercan generalmente a la Eucaristía, junto con el festejado, los padres, los hermanos y hermanas, los demás familiares, los padrinos y, a veces también, los profesores y educadores.
El día de la Primera Comunión es además una gran fiesta en la parroquia. Recuerdo como si fuese hoy mismo cuando, junto con otros muchachos de mi edad, recibí por primera vez la Eucaristía en la Iglesia parroquial de mi pueblo. Es costumbre hacer fotos familiares de este acontecimiento para así no olvidarlo. Por lo general, las personas conservan estas fotografías durante toda su vida. Con el paso de los años, al hojearlas, se revive la atmósfera de aquellos momentos; se vuelve a la pureza y a la alegría experimentadas en el encuentro con Jesús, que se hizo por amor Redentor del hombre.
¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo.
Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos entre los santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús muestra en el Evangelio una confianza particular en los niños, así María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre, en el curso de la historia, su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima.
Os hablaba antes del « Evangelio del niño », ¿acaso no ha encontrado éste en nuestra época una expresión particular en la espiritualidad de santa Teresa del Niño Jesús? Es propiamente así: Jesús y su Madre eligen con frecuencia a los niños para confiarles tareas de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la humanidad. He citado sólo a algunos universalmente conocidos, pero ¡cuántos otros hay menos célebres! Parece que el Redentor de la humanidad comparte con ellos la solicitud por los demás: por los padres, por los compañeros y compañeras. El siempre atiende su oración. ¡Qué enorme fuerza tiene la oración de un niño! Llega a ser un modelo para los mismos adultos: rezar con confianza sencilla y total quiere decir rezar como los niños saben hacerlo.
Llego ahora a un punto importante de esta Carta: al terminar el Año de la Familia, queridos amigos pequeños, deseo encomendar a vuestra oración los problemas de vuestra familia y de todas las familias del mundo. Y no sólo esto, tengo también otras intenciones que confiaros. El Papa espera mucho de vuestras oraciones. Debemos rezar juntos y mucho para que la humanidad, formada por varios miles de millones de seres humanos, sea cada vez más la familia de Dios, y pueda vivir en paz. He recordado al principio los terribles sufrimientos que tantos niños han padecido en este siglo, y los que continúan sufriendo muchos de ellos también en este momento. Cuántos mueren en estos días víctimas del odio que se extiende por varias partes de la tierra: por ejemplo en los Balcanes y en diversos países de África. Meditando precisamente sobre estos hechos, que llenan de dolor nuestros corazones, he decidido pediros a vosotros, queridos niños y muchachos, que os encarguéis de la oración por la paz. Lo sabéis bien: el amor y la concordia construyen la paz, el odio y la violencia la destruyen. Vosotros detestáis instintivamente el odio y tendéis hacia el amor: por esto el Papa está seguro de que no rechazaréis su petición, sino que os uniréis a su oración por la paz en el mundo con la misma fuerza con que rezáis por la paz y la concordia en vuestras familias.
¡Alabad el nombre del Señor!
Permitidme, queridos chicos y chicas, que al final de esta Carta recuerde unas palabras de un salmo que siempre me han emocionado: ¡Laudate pueri Dominum! ¡Alabad niños al Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. De la salida del sol hasta su ocaso, sea loado el nombre del Señor! (cf. Sal 113(112), 1-3). Mientras medito las palabras de este salmo, pasan delante de mi vista los rostros de los niños de todo el mundo: de oriente a occidente, de norte a sur. A vosotros, mis pequeños amigos, sin distinción de lengua, raza o nacionalidad, os digo: ¡Alabad el nombre del Señor!
Puesto que el hombre debe alabar a Dios ante todo con su vida, no olvidéis lo que Jesús muchacho dijo a su Madre y a José en el Templo de Jerusalén: « ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? » (Lc 2, 49). El hombre alaba al Señor siguiendo la llamada de su propia vocación. Dios llama a cada hombre, y su voz se deja sentir ya en el alma del niño: llama a vivir en el matrimonio o a ser sacerdote; llama a la vida consagrada o tal vez al trabajo en las misiones... ¿Quién sabe? Rezad, queridos muchachos y muchachas, para descubrir cuál es vuestra vocación, para después seguirla generosamente.
¡Alabad el nombre del Señor! Los niños de todos los continentes, en la noche de Belén, miran con fe al Niño recién nacido y viven la gran alegría de la Navidad. Cantando en sus lenguas, alaban el nombre del Señor. De este modo se difunde por toda la tierra la sugestiva melodía de la Navidad. Son palabras tiernas y conmovedoras que resuenan en todas las lenguas humanas; es como un canto festivo que se eleva por toda la tierra y se une al de los Angeles, mensajeros de la gloria de Dios, sobre el portal de Belén: « Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace » (Lc 2, 14). El Hijo predilecto de Dios se presenta entre nosotros como un recién nacido; en torno a Él los niños de todas las Naciones de la tierra sienten sobre sí mismos la mirada amorosa del Padre celestial y se alegran porque Dios los ama. El hombre no puede vivir sin amor. Está llamado a amar a Dios y al prójimo, pero para amar verdaderamente debe tener la certeza de que Dios lo quiere.
¡Dios os ama, queridos muchachos! Quiero deciros esto al terminar el Año de la Familia y con ocasión de estas fiestas navideñas que son particularmente vuestras.
Os deseo unas fiestas gozosas y serenas; espero que en ellas viváis una experiencia más intensa del amor de vuestros padres, de los hermanos y hermanas, y de los demás miembros de vuestra familia. Que este amor se extienda después a toda vuestra comunidad, mejor aún, a todo el mundo, gracias a vosotros, queridos muchachos y niños. Así el amor llegará a quienes más lo necesitan, en especial a los que sufren y a los abandonados. ¿Qué alegría es mayor que el amor? ¿Qué alegría es más grande que la que tú, Jesús, pones en el corazón de los hombres, y particularmente de los niños, en Navidad?
¡Levanta tu mano, divino Niño, y bendice a estos pequeños amigos tuyos, bendice a los niños de toda la tierra!
Juan Pablo II
Vaticano, 13 de diciembre de 1994.
Papa Benedicto XVI
Durante la primera visita Ad Limina Apostolorum de su Pontificado, el 7 de mayo del 2005, el Santo Padre Benedicto XVI recibió en audiencia a los obispos de Sri Lanka. En el discurso que les dirigió el Papa manifestó cuanto le había chocado los efectos devastadores del tsunami que había golpeado tan duramente en diciembre del 2004 algunos países del Asía Meridional, entre ellos la misma Sri Lanka. El Papa alentó a los obispos a tener cuidado con los niños: “En el rostro de las personas afligidas por la muerte de un ser querido o que han perdido sus bienes no podemos menos de reconocer el rostro sufriente de Cristo, y, de hecho, es a él a quien servimos cuando mostramos nuestro amor y compasión a los necesitados”. En particular el Santo Padre dirigió su atención a los más jóvenes y más duramente probados: “La comunidad cristiana tiene la obligación particular de cuidar de los niños que han perdido a sus padres a causa del desastre natural. El reino de los cielos pertenece a estos miembros más vulnerables de la sociedad (cf. Mt 19, 14), pero, muy a menudo, se los olvida simplemente o se los explota sin escrúpulos como soldados, trabajadores o víctimas inocentes del tráfico de seres humanos. No hay que escatimar ningún esfuerzo para instar a las autoridades civiles y a la comunidad internacional a combatir estos abusos y brindar a los niños la protección legal que merecen justamente”.
El 30 de septiembre de 2005 el Papa visitó a los niños internados en el Hospital pediátrico “Niño Jesús” en Roma. El Papa Benedicto XVI explicó que eran dos los motivos que lo habían llevado a escoger el “Niño Jesús” como el lugar para su primera visita a un hospital: porqué el instituto pertenecía a la Santa Sede y para poder dar testimonio del amor de Jesús a los niños. “En toda persona que sufre, más aún si es pequeña e indefensa, Jesús nos acoge y espera nuestro amor”. “El hospital ‘Niño Jesús’, además de ser una obra inmediata y concreta de ayuda de la Santa Sede a los niños enfermos, representa una vanguardia de la acción evangelizadora de la comunidad cristiana en nuestra ciudad. Aquí se puede dar un testimonio concreto y eficaz del Evangelio en contacto con la humanidad que sufre; aquí se proclama con los hechos el poder de Cristo, que con su espíritu cura y transforma la existencia humana. Oremos para que, junto con la asistencia, se comunique a los pequeños huéspedes el amor de Jesús”.
“Aquí vuestra preocupación es asegurar un tratamiento excelente no sólo bajo el perfil sanitario, sino también bajo el aspecto humano. Tratáis de dar una familia a los pacientes y a sus acompañantes, y esto requiere la contribución de todos: de los dirigentes, de los médicos, de los enfermeros y de los agentes sanitarios en las diferentes unidades, del personal y de las numerosas y beneméritas organizaciones de voluntarios, que diariamente prestan su valioso servicio. Este estilo, que vale para toda clínica, debe caracterizar de modo especial a las que se inspiran en los principios evangélicos. Además, para los niños no hay que escatimar ningún recurso. Por tanto, en el centro de todo proyecto y programa debe estar siempre el bien del enfermo, el bien del niño enfermo”. Para realizar esta difícil misión el Santo Padre señaló la necesidad de saber reconocer en cada pequeño paciente el rostro de Jesús y de sacar las fuerzas espirituales de Jesús realmente presente en la Eucaristía, “para poder confortar y curar a cuantos están internados acá”.
Fueron más de cien mil los niños de la Primera Comunión con sus padres, catequistas y sacerdotes que el sábado 15 de octubre de 2005 acogieron la invitación del Santo Padre Benedicto XVI a participar en un “encuentro especial de catequesis sobre la Eucaristía”. A la vigilia de la conclusión del Año de la Eucaristía, mientras se desarrollaba la Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos sobre el misterio eucarístico, el Santo Padre, anunciando la iniciativa en el Ángelus del 12 de junio de 2005 afirmó que este encuentro “será una circunstancia oportuna y hermosa para reafirmar el papel esencial que desempeña el sacramento de la Eucaristía en la formación y en el crecimiento espiritual de los niños” afirmó
Se trató de un gran “encuentro festivo” en torno a la Eucaristía, como lo resaltaba el título que se le dio a la reunión: “La Eucaristía es nuestra fiesta”. El encuentro tuvo dos partes: la primera de media hora y la segunda de una hora y cuarto. Durante la primera parte algunos actores y cantantes, particularmente apreciados por los más jóvenes, además de interpretar algunos cantos y piezas musicales dieron su testimonio sobre el tema de la fiesta, de la paz y de la fraternidad. Estuvieron también presentes los “clown” de Bucarest, que se dedican a recuperar a los chicos de la calle rumanos enseñándoles el arte del circo. El momento central de esta primera parte fue la ejecución del canto “Centinelas de la mañana”, que se inspira en la exhortación que les dirigió el Papa Juan Pablo a los jóvenes reunidos en Tor Vergata con ocasión del Gran Jubileo en agosto del 2000, la cual estuvo acompañada por un filmado que mostraba escenas de los distintos encuentros del Papa Wojtyla con los niños.
El Santo Padre Benedicto XVI llegó a la Plaza San Pedro en su automóvil descubierto y saludó a los niños presentes que llegaban casi hasta el inicio de la vía de la Conciliazione. El Papa fue acogido por una coreografía de jóvenes y por el saludo de millares de pañuelos blancos que ondeaban con el logo del encuentro. Con la llegada del Santo Padre se inició la segunda parte del encuentro dedicada completamente a la oración y a la catequesis y que terminó con la adoración eucarística. Emmanuel, de diez años, saludo al Papa a nombre de todos los niños presentes contándole su experiencia al recibir por primera vez a Jesús Eucaristía. Terminó su intervención con un “te queremos mucho” y corrió a abrazar a Benedicto XVI. En seguida se leyó la Carta de San Pablo a los Corintios (11,23-26) en la que el Apóstol recuerda la institución de la Eucaristía, el salmo 147 con la antífona “Laudate omnes gentes, laudate dominum” y la lectura del evangelio de Lucas sobre la multiplicación de los panes y los peces (Lc 9, 11b-17).
Inmediatamente después el Santo Padre dio la catequesis en forma de diálogo, respondiendo a las preguntas que le hacían algunos de los niños. Recordando su Primera Comunión Benedicto XVI afirmó: “Ese día me sentí realmente feliz, porque Jesús había venido a mí. Y comprendí que entonces comenzaba una nueva etapa de mi vida y que era importante permanecer fiel a ese encuentro, a esa Comunión”. Sobre la necesidad de confesarse cada vez que se recibe la Comunión, incluso cuando se cometen los mismos pecados, el Santo Padre resaltó que sólo es necesario confesarse “en el caso de que hayas cometido un pecado realmente grave, cuando hayas ofendido profundamente a Jesús, de modo que la amistad se haya roto y debas comenzar de nuevo”. Y en relación a la confesión regular el Papa puso en evidencia que “es muy útil confesarse regularmente para mantener la limpieza, la belleza del alma, y madurar poco a poco en la vida”. Otra de las preguntas fue sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía: “Yo no lo veo” le dijo Andrés al Santo Padre y éste respondió: “precisamente las cosas más profundas, que sostienen realmente la vida y el mundo, no las vemos, pero podemos ver, sentir sus efectos [...] Del mismo modo, tampoco vemos con nuestros ojos al Señor resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores. Se crea mayor capacidad de paz, de reconciliación”.
Respondiendo a otras preguntas que le hicieron los niños el Santo Padre destacó el valor de la Misa dominical (“Encontrarnos con Jesús nos enriquece, trae un elemento importante a nuestra vida [...] será una luz del domingo para toda nuestra familia”); la importancia de la Comunión para la vida de todos los días (“Sirve para hallar el centro de la vida [...] Si Dios está ausente en mi vida, si Jesús está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también una alegría que es importante para la vida. Me falta también la fuerza para crecer como hombre, para superar mis vicios y madurar humanamente”); el significado de la expresión “Yo soy el pan de la vida” (“Y como necesitamos alimentar nuestro cuerpo para vivir, así también nuestro espíritu, nuestra alma, nuestra voluntad necesita alimentarse [...] Jesús mismo es este alimento de nuestra alma, del hombre interior, que necesitamos”); y de la adoración eucarística (“la adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por él, sólo si sigo el camino que él me señala [...] Adorar es decir: “Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo”).
Al final de la catequesis un grupo de chicos con candelas y flores acompañaron la procesión que llevó hasta el altar el Santísimo Sacramento para la adoración eucarística. Durante la misma se alternaron momentos de silencio con cantos e invocaciones. Cada palabra era dirigida al Señor Sacramentado y, a pesar de la hora y del cansancio del día, los niños mantuvieron una atención excepcional. Sin lugar a dudas ésta fue la parte espiritualmente más intensa del encuentro. Se podía percibir que algo fuera de lo normal estaba sucediendo en la plaza san Pedro. De hecho, nunca antes se habían reunido tantos niños en ese lugar para adorar al Santísimo Sacramento solemnemente expuesto, junto al Papa tantos Obispos y Cardenales presentes en Roma para celebrar el Sínodo dedicado precisamente a la Eucaristía. Un mensaje que no necesita ser comentado. Después de la bendición eucarística el Santo Padre despidió a la asamblea agradeciendo a todos por esta “fiesta de fe”. Visiblemente alegre y conmovido les dirigió a todos los presentes y a los organizadores un sincero “gracias”.
El día en que se celebra tradicionalmente la Jornada de la Infancia Misionera, el 6 de enero del 2006, el Santo Padre recordó durante el Ángelus la siguiente circunstancia: “En la fiesta de la Epifanía se celebra la Jornada Misionera de los niños, instituida por Pío XII, de venerada memoria. Bajo el lema ‘los niños ayudan a los niños’ la Pontificia Obra de la Infancia Misionera impulsa miles de iniciativas de solidariedad que buscan educar a los muchachos a crecer en un espíritu abierto al mundo y atento a las dificultades de sus compañeros menos favorecidos. Yo también cuento con la oración de los niños para mi ministerio y con su activa participación en la misión de la Iglesia, y veo que hago bien”.
En la homilía pronunciada durante la Misa de medianoche, el 24 de diciembre de 2006, el Papa Benedicto XVI propuso como tema de meditación el misterio de “Dios que se hace pequeño”, que se hace niño y así nos enseña a amar a los más pequeños y desamparados: “La señal de Dios es la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo. Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: «Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado» (Is 10,23; Rm 9,28). Los Padres lo interpretaron en un doble sentido. El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los débiles. A respetar a los niños. El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. En esta noche, oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños; que nazca para todos la luz del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para vivir”.
El día siguiente, Navidad del Señor 2006, en su Mensaje antes de impartir su bendición Urbi et Orbi el Papa Benedicto XVI se preguntó: “Pero, ¿tiene todavía valor y sentido un ‘Salvador’ para el hombre del tercer milenio?”. Su respuesta fue: “Se muere todavía de hambre y de sed, de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia y de consumismo desenfrenado. Todavía hay quienes están esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad, quienes son víctimas del odio racial y religioso, y se ven impedidos de profesar libremente su fe por intolerancias y discriminaciones, por ingerencias políticas y coacciones físicas o morales. Hay quienes ven su cuerpo y el de los propios seres queridos, especialmente niños, destrozado por el uso de las armas, por el terrorismo y por cualquier tipo de violencia en una época en que se invoca y proclama por doquier el progreso, la solidaridad y la paz para todos. ¿Qué se puede decir de quienes, sin esperanza, se ven obligados a dejar su casa y su patria para buscar en otros lugares condiciones de vida dignas del hombre? ¿Qué se puede hacer para ayudar a los que, engañados por fáciles profetas de felicidad, a los que son frágiles en sus relaciones e incapaces de asumir responsabilidades estables ante su presente y ante su futuro, se encaminan por el túnel de la soledad y acaban frecuentemente esclavizados por el alcohol o la droga? ¿Qué se puede pensar de quien elige la muerte creyendo que ensalza la vida?”
Durante el Ángelus del 6 de enero de 2007, solemnidad de la Epifanía, el Papa Benedicto XVI afirmó: “Me complace recordar también que, con ocasión de la Epifanía, se celebra la Jornada mundial de la infancia misionera. Es la fiesta de los niños cristianos que viven con alegría el don de la fe y rezan para que la luz de Jesús llegue a todos los niños del mundo. Doy las gracias a los niños de la "Santa Infancia", presente en 110 países, porque son valiosos colaboradores del Evangelio y apóstoles de la solidaridad cristiana con los más necesitados. Aliento a los educadores a cultivar en los niños el espíritu misionero, para que surjan entre ellos misioneros apasionados, testigos de la ternura de Dios y anunciadores de su amor. Nos dirigimos ahora a la Virgen María, Estrella de la evangelización. Que por su intercesión los cristianos de todas las partes de la tierra vivan como hijos de la luz y lleven a los hombres a Cristo, verdadera luz del mundo”. (S.L.)
ENTREVISTA A S.E. MONS. GIAMPAOLO CREPALDI Secretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En el 2004 el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz ha publicado el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, un útil instrumento que recoge la doctrina social católica desde León XIII hasta nuestros días, interpretando el mundo de lo social, del trabajo y los derechos, bajo la luz del humanismo integral. En este Compendio no falta una voz dedicada al trabajo de los menores. En el capítulo sexto, dedicado al trabajo humano, en el párrafo en el que se afronta el tema del derecho al trabajo, inmediatamente después del trabajo de las mujeres, se afronta el trabajo de los menores. “El trabajo de los menores, en sus formas intolerables, constituye un tipo de violencia menos llamativa que otras, pero no por esto menos terrible. Una violencia que más allá de todas las implicaciones políticas, permanece siendo esencialmente un problema moral”. Es esta la definición de trabajo de menores que es dada, inspirándose en la Encíclica de Juan Pablo II “Laborem exercens”. Sobre este tema hemos dirigido algunas preguntas al Secretario del Pontificio Consejo, Su Exc. Mons. Crepaldi.
Excelencia, uno de cada siete niños en el mundo está involucrado en el fenómeno del trabajo de menores. Tal vez es conveniente definir inmediatamente aquello que es explotación del trabajo de menores y aquello que en cambio constituye el justo aporte que un niño puede también dar al balance familiar en aquellos países donde la situación económica lo exige.
Agradezco por su primera pregunta marcada por un sentido de sano realismo. El mismo realismo en el que se ha inspirado el n. 296 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia afrontando el problema, cuando denuncia el fenómeno del trabajo de menores, especialmente en sus formas intolerables, “no obstante la conciencia que, al menos por ahora, en ciertos Países el aporte dado por el trabajo de los niños al balance familiar y a las economías nacionales es irrenunciable y que algunas formas de trabajo desarrolladas a tiempo parcial pueden ser fructíferas para los mismos niños”. No por nada, además, la Conferencia Internacional del Trabajo ha adoptado en 1999 un instrumento que toma como mira esencialmente las formas extremas de trabajo de niños, la Convención 182 relativa a la prohibición de las formas peores de trabajo de menores y a la acción inmediata para su eliminación. La necesidad de tal instrumento jurídico se ha hecho sentir también en consideración de las pocas ratificaciones obtenidas por la última Convención relativa a la edad mínima para la asunción del trabajo, la 138 de 1973. De hecho, para dar solo un ejemplo, ¿cómo impedir que un niño por debajo de los 14 o 15 años del África sub sahariana realice trabajos que nosotros consideraríamos pesantes para contribuir a dar de comer a sí mismo y a sus hermanitos, considerando que en aquella región existen más de 13 millones de niños huérfanos sólo a causa del VIH/SIDA? Resulta entonces difícil definir en general cuando un trabajo realizado por menores es explotación y cuando no lo es. Existen, en cambio, algunas formas de trabajo de niños absolutamente intolerables en cualquier latitud en la que sean realizadas y que constituyen una auténtica violencia efectuada a costa de daños a los más débiles: el utilizo en la prostitución y en la pornografía, el reclutamiento en los ejércitos, el trabajo desarrollado en condiciones de verdadera esclavitud para pagar las deudas contraídas por los padres, los trabajos particularmente peligrosos y nocivos para la salud...
¿Cuáles son los derechos peculiares del niño que son violados en el momento en el cual éste es explotado en el campo del trabajo?
Queda claro que con la explotación del niño en el trabajo es herida, sustancialmente, la dignidad intrínseca que le corresponde a pleno título en cuanto persona humana y en cuanto son ofendidos los derechos que le competen en cuanto “trabajador”. En particular, cuando el niño desarrolla un trabajo a tiempo completo, son heridos sus derechos específicos. Demos también aquí algunos pocos ejemplos. El derecho a vivir con sus padres: es el caso de pequeños trabajadores domésticos tan numerosos en ciertos países asiáticos o africanos. El derecho a la instrucción: es derecho que goza de poco respeto. Frecuentemente violado, cuando se trata de trabajos particularmente pesados y peligrosos, es también el derecho del niño a gozar del mejor estado de salud posible, derecho reconocido formalmente por la Convención de 1989: se piense en los pequeños tratando de construir ladrillos en tantos países pobres o también trabajando en basureros, en minas, en industrias o en la agricultura en contacto cotidiano con sustancias tóxicas o pesticidas. Para no hablar de las violaciones del derecho al descanso y al tiempo libre y, sobre todo a la dignidad personal en los casos de actividad laboral en la que niños y niñas son explotados sexualmente con fines comerciales...
En los últimos años se han dado pasos en la lucha contra la explotación del trabajo de menores. Datos del OIT afirman en efecto que se ha registrado una flexión del 11% en el bienio 2002-2004. Esto se ha dado gracias también a la institución y aplicación de procedimientos legislativos de carácter nacional e internacional. ¿Cuáles de estos son considerados por la Santa Sede de mayor utilidad y oportunos y que pide a las Organizaciones internacionales, desde el punto de vista legislativo, para que el fenómeno sea ulteriormente reducido?
En efecto, se han dado progresos en este campo y las estadísticas dadas por la Organización Internacional del Trabajo lo demuestran. Seguramente estos resultados positivos han sido obtenidos también gracias a los instrumentos jurídicos de los que se ha dotado la comunidad internacional, algunos de los cuales ya he citado. Recordémoslos de nuevo: además, naturalmente, de las declaraciones de las Naciones Unidas, la declaración universal de los derechos del hombre de 1948, la Declaración de los derechos del niño de 1959 y la Convención internacional sobre los derechos del niño de 1989, son mencionados los instrumentos más específicos elaborados en la misma Organización Internacional del Trabajo, la Convención 138 relativa a la edad mínima para la asunción del trabajo, de 1973 y la Convención 182 relativa a la prohibición de las formas peores de trabajo de menores y a la acción inmediata para su eliminación adoptada el 17 de junio de 1999, con las relativas recomendaciones. Obviamente, también para los pequeños trabajadores vale la Declaración de la OIT, sobre principios y derechos fundamentales en el trabajo de 1998. En esta sede, me gusta recordar el documento en el que todos los otros documentos en defensa de los derechos de los niños tienen su origen: la Carta de los derechos del niño adoptada en Ginebra en 1923 por la Unión Internacional de Ayuda a los Niños. Esta Carta fue redactada por la Señora Eglanite Jebb, fundadora de “Save the Children Fund”, benemérita organización aún muy activa hoy en día - ¿Quién no recuerda la dramática muerte de la Señora Margaret Hassan tomada como rehén en Irak?-, pues bien, el artículo 5 de este breve documento dice: “el niño debe ser educado en el sentimiento de que sus mejores cualidades tendrá que ponerlas a disposición de sus hermanos”. Todo esto para subrayar, que la cuestión del trabajo de menores es una cuestión de carácter moral y que los instrumentos jurídicos, incluso los más modernos y refinados, no tendrán sino una eficacia limitada si no se crea una conciencia común del respeto así como del amor debidos al niño, aquel testimoniado no solo por tantas organizaciones de inspiración religiosa, sino también por instituciones civiles como la OIT, que con el programa IPEC (International Programme for Elimination of Child Labour) desarrolla una excelente actividad de sensibilización en los gobiernos locales.
El Santo Padre ha destacado varias veces que no puede existir verdadera libertad sin verdad, así como no puede haber paz sin una verdadera justicia. ¿Cuál es la verdad que la Iglesia enseña sobre la particularidad del menor y sobre el trabajo humano que puede también ser realizado por menores?
Para responder a esta pregunta quisiera citar las palabras del Señor en el Evangelio de Mateo que se refieren a los niños, pronunciadas en dos ocasiones diversas. La primera frase: “Dejad que los niños vengan a mi” (Mt 19, 14) constituye, por así decir, la consagración del niño como “persona” y esto especialmente si se piensa a las costumbres en materia del mundo clásico, al derecho, por ejemplo, de patria potestad que le corresponde aún al padre en la Roma de aquella época. Y la otra frase es: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”. (Mt 18,6). ¿Cómo no pensar en esta severa llamada de atención considerando la explotación ejercida por gente sin escrúpulos dañando a tantas niñas y niños en la prostitución o atropellados por el fenómeno de la pornografía, enrolados como soldados o involucrados en el tráfico de droga, o también hechos esclavos para pagar deudas que no podrán ser jamás allanadas?
Sin llegar a estas formas extremas, es claro que todos los derechos de los trabajadores, cuyo reconocimiento es promovido por el Magisterio de la Iglesia, se refieren también a los niños que por un motivo u otro, en una forma u otra, ejercen un trabajo, aunque, como es obvio, se deba tender a que, hasta una edad oportuna para el ingreso en el mundo del trabajo, el niño se dedique solo a su formación. Tales derechos, por lo tanto, son aquellos nombrados en el número 301 del citado Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: Derecho a la justa remuneración, al descanso, etc. Pero la indicación más clara viene tal vez, también ahora, del documento del que ha tomado inicio la doctrina social en nuestro tiempo. Afirmaba, en efecto, León XIII en la Rerum Novarum: “Y, en cuanto a los niños, se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo, a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agosta, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo”.
En el mensaje por la Jornada Mundial para la Paz 2007, el Santo Padre Benedicto XVI recuerda como todo creyente esta llamado a la promoción de un verdadero humanismo integral según las enseñanzas de la Populorum Progressio y de la Sollicitudo rei socialis. ¿En qué términos entra en este contexto la lucha contra la explotación del trabajo de menores?
Para dar una respuesta breve a esta pregunta que exigiría ser desarrollada en otro modo, dirijámonos al concepto de desarrollo que encontramos en la Populorum Progressio, aquel que, en las palabras de Pablo VI, es el “verdadero desarrollo”. Este consiste en el “pasaje para cada uno y para todos de condiciones menos humanas a condiciones más humanas” en la búsqueda de un “humanismo nuevo” (PP n.29). Así, este paso es “para cada uno y para todos” y el trabajo como enseña siempre la gran encíclica de Papa Montini “di Papa Montini “vivido en común, compartiendo esperanzas, sufrimientos, ambiciones y alegrías, el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus, funde los corazones; al realizarlo así, los hombres se reconocen como hermanos” (PP n. 27). ¿No es esta hermandad a la cual hacia referencia la primera Carta de los derechos del niño de 1923? Sin estos sentimientos de hermandad, el aporte de todo creyente a la promoción de un humanismo integral promovido por el Santo Padre en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año será, creo, difícilmente realizable. (F.B.G.)
DEFINICIÓN DE TRABAJO INFANTIL
Por trabajo infantil se entiende cualquier tipo de trabajo en el cual son empleados los niños por debajo de la edad mínima establecida por la ley. Esta edad ha sido establecida universalmente por una convención internacional estipulada en 1973 en la cual se establece que:
La edad mínima de contratación es generalmente de 15 años, 14 para los países en vías de desarrollo. En tal convención se ha hecho también una distinción de los varios tipos de trabajo. Los trabajos considerados ligeros pueden ser consentidos desde los 13 años mientras que para todos aquellos tipos de trabajo considerados peligrosos para la salud, la vida o la moralidad del menor, la edad mínima consentida ha sido establecida en 18 años, el cumplimiento de la mayoría de edad.
En efecto se lee en la convección 138 de la OIT que: “La edad mínima de contratación al trabajo no puede ser inferior a la edad prevista para la terminar el colegio y en todo caso no debe ser inferior a los 15 años. Con derogación, los países con una economía y estructuras escolásticas insuficientemente desarrolladas pueden fijar la edad mínima de ingreso al trabajo a los 14 años, previa consultación con las organizaciones de trabajadores y emprendedores.
La edad mínima para la admisión a cualquier tipo de empleo o trabajo que por su naturaleza o circunstancias en las que es desarrollado puede dañar la salud, la incolumidad o la moral de los jóvenes no debe ser inferior a los 18 años. Con derogación, las autoridades nacionales pueden bajar a 16 años la edad de desarrollo del trabajo bajo la condición que la salud, la incolumidad y la moral de los jóvenes sean plenamente protegidas” (F.B.G.).
LA NORMATIVA DEL TRABAJO INFANTIL, UNA SINTESIS
Desde el punto de vista legislativo se puede recorrer las etapas de la lucha judiciaria y legislativa del trabajo de menores, considerando las iniciativas desde 1919, cuando la época de la revolución industrial mostraba ya sus frutos, algunos de los cuales nefastos, como la explotación del trabajo y el empleo de masa de niños en las fábricas, después de que una gran parte de la población había abandonado los campos para esperar un futuro mejor como obreros en las nuevas fábricas urbanas.
En aquel año, en efecto, pocos meses tras la fundación de la Organización Internacional del Trabajo, toma forma la “Convención sobre la edad mínima para el acceso al trabajo en la industria”. En ésta fue prohibido el empleo de menores bajo los 14 años en algunos ámbitos de trabajo, entre las cuales: obrero en las minas, en las canteras, en trabajo industrial peligroso y en el transporte de pasajeros. La convención fue revisada en 1921 y en 1973 elevando la edad mínima y extendiéndola a otras actividades.
La “Convención n. 138 sobre la edad mínima para el trabajo” aprobada en 1973 representa la piedra miliar de la tutela de los menores trabajadores. En esta se establece que “la edad mínima no podrá ser inferior a aquella en la que cesa la obligación al colegio ni, en todo caso, a 15 años”. Son establecidas una serie de derogas, según las condiciones económicas, sociales y administrativas del país en que viven los menores. No es una concesión a los empleadores, sino un modo para establecer una edad mínima “realista” que garantice la flexibilidad necesaria para hacer más eficaces las normas internacionales.
En junio de 1999 ha sido, finalmente, aprobada la convención 182 relativa a la prohibición e acción inmediata para la eliminación de las formas peores de trabajo de menores”. La nueva Convención sustituye la aprobada en 1973, pero se agrega a esta completándola con normas que prevén la abolición total e inmediata de las formas peores de trabajo de menores (esclavitud, servidumbre por deuda, venta de menores, trabajo forzado y obligatorio, prostitución, actividades ilícitas, trabajos con riesgo para la salud, reclutamiento forzado y obligatorio de menores en las Fuerzas armadas).
Hoy, en el mundo, se tiene una normativa segura y reconocida por muchos estados. En el cuadro a continuación se entiende cómo la edad mínima de trabajo sea más o menos uniforme en muchas naciones que han firmado los mismos pactos y normativas sobre el trabajo. El problema, sin embargo, es que el trabajo de menores aunque reglamentado o reglamentable por ley, continua existiendo en forma clandestina o tolerada por las instituciones locales. Los organismos internacionales como la OIT que desde hace años lucha a escala mundial por la eliminación del trabajo de menores, se lamenta de esto: del hecho que existen los medios y los instrumentos legislativos para impedir el trabajo de menores, pero frecuentemente estos instrumentos no son puestos en acto por las autoridades competentes. (F.B.G.)
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Edad fijada por la ley para poder iniciar a trabajar
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| Alemania |
15 años |
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Kenya |
16 años |
| Algeria |
16 años |
Libia |
15 años |
| Antigua y Barbuda |
15 años |
Luxemburgo |
15 años |
| Bélgica |
15 años |
Malta |
16 años |
| Bielorrusia |
16 años |
Mauricio |
15 años |
| Brasil |
14 años, aprendizaje a 12 |
Nicaragua |
14 años |
| Bulgaria |
16 años |
Nigeria |
14 años |
| China |
16 años |
Noruega |
15 años |
| Costa Rica |
15 años |
Países Bajos |
15 años |
| Cuba |
15 años |
Pakistán |
15 años para minas y ferrovías,
14 años para lo demás |
| Egipto |
12 años (máximo 6 horas al día) |
Polonia |
15 años |
| España |
15 años |
República Dominicana |
15 años |
| Filipinas |
15 años |
Rumania |
16 años |
| Francia |
16 años |
Ruanda |
14 años |
| Grecia |
15 años |
Rusia |
16 años |
| Guatemala |
14 años |
Tanzania |
12 años |
| Guinea Ecuatorial |
14 años |
Tailandia |
13 años |
| Honduras |
14 años |
Togo |
14 años |
| India |
Por debajo de los 14 años prohibidas las actividades
peligrosas. Debajo de los 12 prohibición absoluta. |
Ucrania |
16 años |
| Indonesia |
El trabajo es permitido a cualquier edad pero con
límite de 4 horas diarias |
Uruguay |
15 años |
| Irak |
15 años |
Venezuela |
14 años |
| Irlanda |
15 años |
Yugoslavia |
15 años |
| Israel |
15 años |
Zambia |
15 años |
| Italia |
15 años |
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DATOS HISTÓRICOS
Demos un paso atrás y miremos a las raíces históricas del trabajo de menores, para entender cuales son los medios para desenraizar aquello que en muchas partes del mundo es una plaga. Mirando el pasado y en que modo muchos estados industrializados han vencido el fenómeno que ya se propagaba, se pueden entender cuales son las soluciones y los medios adaptos para hacer que todo niño pueda gozar del derecho de la propia infancia.
El trabajo de menores se acerca en la historia con la revolución industrial en Gran Bretaña, en la primera mitad del siglo XIX. En este país era un fenómeno muy difundido al punto que en 1833 se calculaba que los dos tercios de todos los trabajadores de las industrias textiles fuesen niños, así como un cuarto de los mineros de toda la isla eran niños. La máxima explotación de menores se tuvo en torno a 1842, pero hacia la segunda mitad del siglo el fenómeno disminuyó drásticamente. Si en efecto en 1851 el 30% de todos los trabajadores eran niños, en 1901 el porcentaje había descendido al 17%.
En aquellos años, a través de una ley nacional se disminuyó indirectamente el trabajo de menores: la ley de introducción de la obligación escolástica en 1870.
También Japón comenzó la carrera hacia la industrialización en el siglo XIX pero el país contemporáneamente adoptó medidas drásticas contra el trabajo de menores, al punto que no se alcanzaron jamás los niveles de explotación de menores de Gran Bretaña. En efecto, Japón se hizo de leyes e instrumentos legislativos al punto que en 1905 el colegio era obligatorio para todos los niños y con la promulgación de la primera ley sobre el trabajo de 1911, el 98% de todos los niños japoneses entre 6 y 13 años pasaban sus días en el colegio.
Se debe ubicar por lo tanto a un siglo atrás el fin de la gran era del trabajo de menores debido a la industrialización. Desde el 1900 en efecto se puede decir que comienza el declive del trabajo de menores al punto que en todos los países industrializados la tasa de niños obreros era inferior al 20% de toda la población activa, un porcentaje, si bien en términos absolutos altísimo, que debe ser considerado bajo para la época.
La historia enseña por lo tanto que la eliminación o la drástica reducción del trabajo de menores es posible, pero se debe atacar por tantos lados cuantos son los aspectos que componen el fenómeno. En efecto el solo crecimiento económico de un país no basta para extirpar problema. Se debe crear un círculo virtuoso de factores para hacer que los niños puedan vivir dignamente la propia infancia, que en otros términos significa una evolución moral de las costumbres de una determinada población. Es necesario efectivamente medidas adecuadas en el mundo del trabajo, es necesaria la innovación técnica y tecnológica, se necesita disponibilidad de escuelas y enseñantes a los que todos puedan acceder; es necesario además un cambio del modo de pensar de las personas, que sepan reconocer la importancia y la riqueza de un niño; se necesitan finalmente instrumentos normativos y legales a favor de la infancia y contra su explotación.
Con una mirada al pasado entonces se entiende como todos estos elementos deban concurrir juntos para formar un círculo virtuoso que elimine los trabajos de menores. Porque la eliminación del trabajo de menores, nos lo recuerda la historia una vez más, es posible. (F.B.G.)
ALGUNOS NÚMEROS
Aún hoy en día en el mundo millones de menores son empleados en todo tipo de trabajo, desde los más humildes y modestos, hasta aquellos más duros y peligrosos. Este fenómeno es típico de los países en vías de desarrollo, incluso cuando en los países ricos occidentales aún muchos niños son sacados del colegio y de la instrucción para ser destinados a trabajar.
Según las últimas estimaciones, hoy en el mundo uno de cada siete menores está involucrado de algún modo en una forma de trabajo de menores. En el 2004, año al que hacen referencia las últimas estimaciones, los menores trabajadores en todo el mundo eran 218 millones, entre los 5 y los 7 años de edad. Hay que decir que en los últimos años se ha registrado una sensible disminución de niños explotados en el campo del trabajo. En efecto en el 2000 los menores trabajadores entre 15-17 años eran 246 millones. En cuatro años se ha registrado por lo tanto una disminución del 11% gracias a políticas puestas en acto por la comunidad internacional y por los estados. En los últimos años ha descendido también el número de niños empleados en trabajos peligrosos: de 171 millones se ha llegado a 126 millones con una reducción del 26%.
Entre los menores entre los 5 y 14 años que son empleados en el mundo del trabajo, el 69% trabaja en el sector agrícola, el 22% en el sector de servicios en general y el 9% en el mundo de la industria. Dado este dato se entiende cómo la explotación del trabajo de menores es empleada sobre todo en estos países aún no industrializados y con bajo rédito por persona. El niño en muchas partes del mundo, donde las familias obtienen de la tierra la mayor y a veces la única fuente de mantenimiento, es considerado fuerza de trabajo, brazo que junto a otros debe acudir al trabajo en los campos.
No se debe olvidar, en este panorama, la explotación de niños en las mineras y en la extracción metalúrgica. Aquí el niño es útil, es triste decirlo, por sus pequeñas dimensiones corpóreas, que le permite introducirse en espacios y conductos donde a veces el cuerpo de un adulto no lo consigue (F.B.G.)
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Regiones |
Número de niños
(millones) |
Número de niños
trabajadores
(millones) |
Porcentaje de niños
trabajadores
(millones) |
|
2000 |
2004 |
2000 |
2004 |
2000 |
2004 |
|
Asia y Pacífico |
655.1 |
650.0 |
127.3 |
122.3 |
19.4 |
18.8 |
|
América Latina
y Caribe |
108.1 |
111.0 |
17.4 |
5.7 |
16.1 |
5.1 |
|
Africa subsahariana |
166.8 |
186.8 |
48.0 |
49.3 |
28.8 |
26.4 |
|
Otras regiones |
269.3 |
258.8 |
18.3 |
13.4 |
6.8 |
6.2 |
|
Total |
1199.3 |
1206.6 |
211.0 |
190.7 |
17.6 |
15.8 |
DIVERSOS ASPECTOS DE LA EXPLOTACIÓN INFANTIL
El trabajo de menores es una realidad de variadas facetas. Frecuentemente, muy frecuentemente, los niños son obligados a trabajar. En cuanto sujetos indefensos y débiles, y también desde el punto de vista contractual, los niños son los sujetos trabajadores más explotables. En cambio a veces los niños trabajan por necesidad, para cubrir las necesidades económicas de la familia. Dos datos citados anteriormente nos lo hacen entender en modo claro: el primero es aquel según el cual los niños son empleados especialmente en el sector de la agricultura. Habiendo dicho que la explotación del trabajo de los menores está presente sobre todo en los países pobres y en vías de desarrollo, justamente en estos países la fuente principal, sino única de mantenimiento, es el trabajo en los campos. En estas realidades incluso los pequeños brazos de un niño pueden ser útiles para dar una mano en los trabajos agrícolas, en los cuales toda la familia está ocupada.
El segundo dato, según el cual la mayor parte de los niños trabajadores de América Latina son empleados entre los muros domésticos, nos lleva a sostener la misma tesis. También en casa, en las familias pobres, frecuentemente el trabajo de un niño puede ser útil, e incluso indispensable.
Las mayores organizaciones internacionales se han preguntado entonces sobre el impacto que podría tener en la microeconomía familiar y local el total extirpar el trabajo de los menores. De hecho hay dos bienes a ser cuidados. Ante todo el derecho del niño a vivir su juventud de la manera más digna y justa posible y a recibir una educación que lo forme como persona; por otro lado la ayuda a la economía doméstica que frecuentemente es pedida a los niños, en aquellas zonas del mundo en las que falta todo y también el trabajo de un niño puede ser precioso.
En efecto en el momento en que se habla de trabajo de menores, se sobreentiende siempre como trabajo de menores explotados. El niño en muchas zonas del mundo donde el rédito por cabeza es bajísimo, puede ayudar al andamiento de la economía doméstica. Y esta colaboración a veces es irrenunciable. Pero esta colaboración no debe atropellar los derechos humanos peculiares de la infancia, primero entre ellos el de la educación. El trabajo, incluso el doméstico, entonces, donde es irrenunciable, no debe ser la peculiar y única actividad diaria del niño, faltando el respeto a su dignidad. No dejando espacios de tiempo y de energía a ser dedicados a la educación y al estudio junto al tiempo libre y a los juegos, se comete una grave injusticia a nivel moral, humano, social, legislativo y en último análisis también económico.
En efecto, recientes estudios han demostrado que el trabajo de menores constituye un daño para la comunidad social incluso a nivel económico, sobre todo para el futuro. La falta de educación también perjudica porque no forma personas que el día de mañana sean capaces de producir rédito, de administrarlo correctamente, de saberlo administrar y distribuir.
Los expertos sostienen por lo tanto que la abolición del trabajo de menores es una operación favorable económicamente para el futuro de aquellas comunidades sociales que quieran ponerlo verdaderamente en práctica (F.B.G.)
NIÑOS TRABAJADORES: “¡LA VIDA BREVE!”
Desde el punto de vista social y económico, la explotación del trabajo de menores crea nuevos problemas, y no es el camino para el desarrollo de una nación. Se piense por ejemplo al hecho de que cuando los niños se hacen adultos, son automáticamente echados del mercado del trabajo, con la salud destruida y sin un mínimo de instrucción. ¿Quién piensa cuidar de ellos? En vez de encontrarse con una fuerza de trabajo adulta, sana y competente, los países en los cuales está presente el triste fenómeno del trabajo de menores, se encuentran con una masa de desocupados, ignorantes y presa fácil de la criminalidad y del fanatismo. Una población que envejece precozmente y que contribuye a hacer disminuir la vida media de la nación.
Al momento no existe un cálculo preciso sobre el aporte económico que el trabajo de menores produce en la economía a nivel nacional o internacional. Los cálculos según los expertos son complicados y casi imposibles de hacer por la naturaleza misma del trabajo de menores. Con frecuencia es escondido o ilegal, y por lo tanto difícil de cuantificar estado por estado. Superado este obstáculo, como se ha hecho con algunos datos obtenidos gracias a censos e investigaciones, queda la insuperable dificultad debida a la naturaleza del pago del servicio de un menor. Esta está regularmente o casi siempre en negro, y por lo tanto no fácilmente localizable. En segundo lugar el mismo pago no es siempre hecho con dinero, en moneda corriente, sino en natura, ofreciendo al menor comida, vestido, bienes de primera necesidad, recurriendo a la lógica del trueque aún en uso en muchas zonas del mundo, especialmente las más pobres.
En base a las capacidades y límites naturales de un niño se ha podido calcular que la jornada de trabajo de un menor sólo rinde el 20% de lo que puede rendir la de un adulto.
Un estudio ha demostrado recientemente que incluso solo en términos puramente económicos la abolición del trabajo de menores es una operación ventajosa a nivel de economía nacional e internacional. Basta invertir hoy en aquello que mañana dará frutos, sostiene el estudio, proponiendo así una inversión llamada generacional.
¿Pero hoy en día cuáles son los procedimientos para apresurarlo, cuáles son las decisiones que deben ser tomadas? Hablando en términos puramente económicos, ¿cuál sería el costo a ser afrontado para que todo niño tenga asegurada una adecuada instrucción en vez de una dura vida de trabajo? Sobre todo para los países en vías de desarrollo, aquellos más pobres y donde la plaga del trabajo de menores está más presente, ¿sería esto posible, se pueden encontrar los recursos económicos para hacerlo?
No sólo sería posible, sino que estos mismos países en vías de desarrollo tienen los recursos para hacerlo y ganarían no sólo desde el punto de vista económico. Lo demuestra un reciente estudio de la Oficina Internacional del Trabajo según la cual la eliminación de toda forma de trabajo de menores aportaría beneficios económicos iguales a 5.100 billones de dólares.
¿Pero cuáles serían los costos por afrontar en el corto plazo? Sobre todo aquel de asegurar una instrucción a todos los niños, garantizando a cada uno una adecuada preparación y formación humana y cultural. Se tendría entonces que invertir en ayuda económica sobre todo a través de inversiones a nivel local e internacional. Hablando en puros términos económicos, la eliminación del trabajo de menores sería una inversión en lo inmediato y sobre todo en el futuro. Sería además una inversión generacional, un gasto cuyos resultados recaerían sobre las generaciones futuras.
Durante los primeros años los costos serían seguramente superiores a los beneficios; sin embargo habría aspectos positivos en la mejora de la instrucción y de la sanidad. Hacia el 2020, los costos deberían llegar a cero y se verían los primeros efectos benéficos en términos económicos. A tal punto el beneficio anual global sería de 60 mil millones de dólares.
El gasto para la eliminación del trabajo de menores sería inferior a cuanto gastan actualmente algunos estados en vías de desarrollo para armamentos o para pagar la propia deuda externa. Si en efecto se estima que el costo anual de tal proyecto es de 95 mil millones de dólares, esta cifra sería igual sólo al 20% de los gastos militares de los países en vías de desarrollo; sería a su vez igual al 9,5% del billón que anualmente estos mismos países gastan, a veces sólo en intereses, para pagar la propia deuda externa.
Se ha dicho que la primera inversión debe ser la de la instrucción. También ha sido demostrado cómo esta es una inversión favorable. En efecto cada año de escuela que se realiza hasta el cumplimiento de los 14 años de edad, correspondería a un incremento anual del 11% sobre los futuros salarios, con un beneficio global en torno a los 5 billones de dólares.
Además de los costos para la educación, se debería prever también subsidios económicos para aquellas familias que serían privadas de una importante fuerza de trabajo en la economía doméstica. Se estima que la contribución económica aportada por un niño que trabaja es del 20% de la de un adulto: se deriva entonces que el costo total de la eliminación de tal fuerza de trabajo es de 246,8 mil millones de dólares. Según un proyecto de cooperación ya puesto en marcha en Brasil, bastaría dar a cada familia el 60-80% del beneficio obtenido por el trabajo de un niño, para que cada familia no sea privada de la fuerza de trabajo necesaria para el mantenimiento.
La abolición del trabajo de menores, implicaría resultados positivos en el futuro desde el punto de vista sanitario, estimados en 28 millones de dólares anuales. En efecto una infancia vivida trabajando con frecuencia en condiciones deshumanas, deja graves marcas en el cuerpo y en la salud del hombre del mañana. Basta pensar en tantos niños empleados en las minas de carbón, explotados para que con su cuerpo puedan llegar ahí donde los adultos no lo consiguen. Es innegable que una vez llegados a adultos sufrirán por el polvo del carbón respirado en la infancia. Además de ser una grave injusticia moral, esto comporta también consecuencias en términos de gastos sanitarios para el futuro. Se piensa que se ahorra explotando y mal pagando a los niños, sin embargo se crea una vorágine económica que se volcará contra la comunidad o contra el país que permite el trabajo de menores. Y en consecuencia, en una economía global como la de estos años, las caídas en términos económicos se harán sentir también a nivel planetario.
Si hasta aquí se han visto solo las implicaciones económicas del trabajo de los menores, éste tiene otros aún más graves desde el punto de vista ético y moral. Para un cristiano la explotación de menores se convierte en un problema religioso, como toda explotación del más pequeño y del más débil.
Desde el punto de vista ético hay muchas razones a favor de la eliminación del trabajo de menores, que prevalentemente parten de la identidad del niño. Han sido redactados numerosos documentos y tratados en favor de los derechos de los menores, que en cuanto tales, necesitan de una atención y una tutela mayor que la de los adultos. En efecto al niño se la ha siempre reconocido una identidad delicada, que debe ser protegida y cuidada. El niño es la persona que el completar de su identidad constituye el motivo mismo de su fragilidad. Si se crece y se hace adulto en un ambiente favorable, que ofrezca todos los instrumentos para un crecimiento adecuado, se pueden tener buenas garantías para un adulto del mañana. Pero si el niño no encuentra tal ambiente y sobre todo si le son asignados roles o tareas que no se adecuan a su edad, es el mismo crecimiento personal del adulto del mañana que está siendo puesto en peligro. Generalmente se define a un adulto como aquel que tiene medios y libertad para tomar decisiones autónomas en base a la sabiduría adquirida con el tiempo que permitiría el acto de discernimiento, evaluación, y decisión. El niño en cambio, justamente porque se encuentra en crecimiento continuo, no tiene aún los medios necesarios para hacer todo aquello, por lo que necesita de alguno que lo guíe, lo eduque, lo cuide, y a veces que tome decisiones en su lugar por su propio bien.
Justamente por lo delicado de la edad infantil, esta debería ser dedicada a la formación del adulto del mañana, recordando que esta misma edad tiene exigencias únicas e irrenunciables. Sobre todo el derecho-deber a recibir una educación adecuada, principalmente a través de la familia, pero también de las instituciones que deben ofrecer la instrucción, según un sano principio de subsidiariedad. Todo niño tiene el derecho a un ambiente familiar sano, en el cual crecer bajo la guía y el ejemplo de un padre y de una madre; necesita de un número consistente y continuado de horas de educación escolar, donde pueda aprender lo mínimo indispensable, como leer, escribir y hacer los cálculos más elementales, hoy en día un privilegio para pocos en muchas zonas del mundo. En cuanto niño tiene el derecho a jugar y a la recreación, a la diversión, ¡tiene el derecho de ser un niño!
La solución al problema de la explotación del trabajo de menores es algo que se hace aún más urgente porque este fenómeno es considerado una ofensa a la imagen y a la semejanza que todo individuo, incluso el más pequeño, tiene con Dios creador. La Iglesia no se cansa de repetir que todo individuo de la familia humana ha sido creado con un acto de amor personal de Dios. A sus ojos todo ser humano es precioso, único e irrepetible. En base a esto, todo ser humano goza de una dignidad personal que lo hace persona y toda violación de esta dignidad constituye una ofensa al amor de Dios.
El niño, así como el enfermo o el anciano, es considerado un sujeto más pequeño y más indefenso, hacia el cual, justamente por esto, hay que tener una atención particular. En base a su particular naturaleza, necesita de atenciones y protecciones peculiares, que corresponden a los derechos que su edad reclama. Estos derechos, como es reconocido en varias declaraciones internacionales, no pueden prescindir del vivir en un ambiente familiar sano, que esté en capacidad de asegurarles la transmisión de la vida y la transmisión de una educación impregnada de determinados valores. Tiene el derecho, según el principio de subsidiariedad, de recibir una educación dirigida a formarlo como persona adulta, es decir, concederle aquellos instrumentos necesarios para una completa integración en la sociedad civil del mañana. (F.B.G.)
LOS CONTINENTES
ASIA
Los bebés trabajadores disminuyen, pero el fenómeno todavía está extendido: a 12 años de la muerte de Iqbal Masih, ¿qué ha cambiado en Asia? La disminución se ha dado, pero Asia permanece el continente con el más alto número mundial de trabajadores menores en las edades entre 5 y 14 años: alrededor de 122 millones. Las estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo – que en el reporte 2006 “The end of child labour: within reach” nota una reducción del fenómeno de los niÑos trabajadores en el mundo – registran un paso adelante en la lucha por la eliminación de la explotación de los niños. Pero especialmente en el continente asiático las cifras continúan a delinear un fenómeno de dimensiones muy extendidas, que toca tanto las naciones del Asia central, las del subcontinente indio, como el Sudeste asiático.
“Para eliminar la plaga del trabajo de menores, es necesario combatir la pobreza y restituir el bienestar a las familias”, dijo a la Agencia Fides Mons. Lawrence Saldanha, Arzobispo de Lahore y Presidente de la Conferencia Episcopal de Pakistán.
“El fenómeno del trabajo de menores – explicó el Arzobispo – es todavía grave en algunas áreas del país. Está vinculado sobre todo a la difusa pobreza: las familias que viven en la miseria, especialmente en los pueblos más pobres y en las periferias de las ciudades, no tienen suficientes recursos para mandar a los propios hijos a la escuela, y así estos, a la edad de 8 o 9 años, se ven obligados a ir a trabajar. La instrucción – añade – está siendo cada vez más costosa, y esto favorece la plaga del trabajo de menores en la sociedad pakistaní. A estos niños les está cerrado el futuro”. La Iglesia en Pakistán ha siempre luchado por desarraigar este fenómeno. “En algunas zonas (por ejemplo en la diócesis de Lahore) hemos organizado escuelas nocturnas gratuitas que permiten a los niños, que de todas maneras trabajan en la mañana, estudiar y poderse construir un futuro poco a poco. En los años pasados, gracias a las presiones internacionales, el fenómeno de los niños empleados como mano de obra a bajo costo en el sector textil, especialmente el de las alfombras, ha disminuido. Hoy es la industria de ladrillos la que explota numerosos niños trabajadores”. Todos en Pakistán recuerdan el sacrificio de Iqbal Masih, el niño pakistaní que se convirtió en el símbolo de todos los pequeños trabajadores. Iqbal fue durante años esclavo de un productor de alfombras en Punjab y luego fue rescatado por una asociación humanitaria. Fue asesinado a los 12 años en 1995, y desde entonces a su memoria fue dedicada la Jornada contra la explotación de menores”.
En Asia los contextos laborales, además del familiar, son el sector agrícola (arrozales, plantaciones, criaderos) o en el así llamado sector “informal” es decir de tipo industrial en concesión (curtidurías, canteras, talleres textiles, comercio, selección de deshechos).
La India, además de tener una de las tasas de analfabetismo más alta del mundo, registra la mayor tasa de trabajadores entre 4 y 14 años. Mientras, por otro lado, la India representa un punto de excelencia en Asia y en el mundo entero por la formación de ingenieros e informáticos (más de 250 mil cada año) que son reclutados por las grandes empresas en América y en Europa. Existe desde 1986 una ley que prohíbe el uso de menores en actividades laborales de alto riesgo, pero la falta de medios de control obstaculiza las pruebas sobre la aplicación de la ley. La Asian Labour Monitor ha calculado que los niños producen alrededor de un quinto del producto bruto interno, mientras los “esclavos” (obligados a no dejar el lugar de trabajo y sin salario) serían no menos de 5 millones.
En Bangladesh y en Nepal las plantaciones de té absorben mucha mano de obra menor de edad, con largos horarios y pagas mínimas, al servicio de las multinacionales y de las locales asociadas del sector. En Tailandia y en China la industria manufacturera emplea, en un círculo vicioso de concesiones, una notable porción de mano de obra infantil. En Indonesia el trabajo de los menores, que son cerca de 300.000, está permitido por cuatro horas al día. Incluso las industrias de juguetes se sirven – en modo oculto – de esta mano de obra muchas veces “en servicio” hasta por 12 horas seguidas.
La Iglesia permanece vigilante y activa para combatir el trabajo de menores, incluso a través del precioso aporte de órdenes religiosas y asociaciones laicales. Muy activos en este campo son los Salesianos, que en India como en otras naciones de Asia y del mundo, han construido escuelas y centros de formación que acompañan a los jóvenes en el estudio y les enseñan una profesión, útil luego para ingresar al mundo del trabajo. El P. Koottungal Vargheese, director de la casa salesiana “Bosco Yuva Kendra” en Bangalore (la “Silicon valley” de la India), recibió el premio“Makkala Mithra”, otorgado por el Ministerio del trabajo del estado indio de Karnataka “por sus extraordinarios sucesos para desarraigar el trabajo de menores”.
En junio de 2006 se asistió en Nepal a la marcha de cinco mil niños que desfilaron por las calles de Katmandú contra el trabajo de menores. En Nepal viven 2.600.000 niños trabajadores. Además, un gran número de menores en las áreas afectadas por el tsunami en Tailandia, Indonesia, Sri Lanka e India son particularmente vulnerables al trabajo de menores.
La Iglesia y otras organizaciones no gubernamentales trabajan para mantener alta la atención sobre el problema del trabajo de menores al interno de las políticas, estrategias y presupuestos de los gobiernos. La cuestión del trabajo de menores está presente en los “Poverty Reduction Strategy Papers” nacionales en Camboya, Indonesia, Nepal y Pakistán, y ha sido promovida también en otros países como Filipinas y Vietnam. Para extirpar el fenómeno, el camino por recorrer es todavía largo, pero los últimos datos positivos de la OIT ofrecen a todos alguna esperanza. (PA)
AFRICA
Con el 26% – alrededor de 50 millones de trabajadores menores de edad – África Subsahariana es la región en el mundo con la más alta incidencia de menores económicamente activos. Según el último reporte de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), publicado en 2006, la concomitancia de un alto crecimiento de la población, del aumento de la pobreza y de la epidemia de SIDA/HIV han obstaculizado los progresos en la lucha contra el trabajo de menores incluso cuando el reporte señala que se ven “evidentes señales de mejora. Por ejemplo las inscripciones en la escuela primaria en la región han aumentado en un 38% entre 1990 y 2000”. A estos factores se suman las formas tradicionales de esclavitud de menores en Sudán y en Mauritania. “En la tragedia sudanesa la situación más dramática la viven las niñas huérfanas” dice a la Agencia Fides Sor Fulgida Gasparini, provincial comboniana para el sur del Sudán. “En la cultura sudanesa, en efecto, una niña es educada desde la edad más tierna para servir a la familia: ir a recoger la leña y el agua, cuidar del ganado, etc.… Cuando pierde ambos padres, la niña permanece al interno de la “gran familia extendida”, el clan. Esto si por un lado es positivo porque garantiza a la niña un mínimo de protección, por otro es un drama porque la pequeña es obligada a servir a un número mayor de personas”, explica la misionera que desde hace cinco años lleva a cabo su servicio en Sudán del sur.
En África la plaga del trabajo de menores afecta en modo diverso a la población infantil del continente. El trabajo de menores, en efecto, involucra a la mayoría – o casi – de los adolescentes en las naciones de la zona central, mientras es prácticamente inexistente en Sudáfrica y de hecho menos difundido en las naciones del norte.
Los sectores más interesados al trabajo de menores son la agricultura, la pesca, la caza y el trabajo forestal. En particular en los países productores de materias primas los niños son empleados en las plantaciones de cacao, café y algodón y viven frecuentemente en condiciones inaceptables.
Tráfico y trabajo de menores en África occidental: el cacao amargo de los pequeños africanos
Según la organización humanitaria Human Rights Watch, en un reporte sobre la trata de los niños en Togo, los gobiernos de África Occidental no están haciendo lo suficiente por detener el tráfico creciente de trabajo infantil que está difundiéndose cada vez más a causa de la crisis social vinculada al SIDA. HRW sostiene que niños de tres años son explotados como trabajadores domésticos o en campo agrícola en diversos países de la región. Los traficantes atrapan a los niños con la promesa de una instrucción de alto nivel y de un entrenamiento profesional. Muchos de estos menores son huérfanos, obligados a convertirse en trabajadores luego de la muerte de un padre seropositivo.
La mayor parte de estos niños han sido “vendidos” por los países circunstantes como Malí o Burkina Faso. El tráfico de trabajo de menores pasa por numerosos caminos y los gobiernos no hacen lo suficiente por detenerlo. Muchas de las muchachas vendidas trabajan de día y de noche en los mercados o como baby sitter. Gran parte de ellas sufre abusos psicológicos y violencias físicas, así como amenazas de muerte.
Distintos reportes ponen en evidencia cómo cada año en Africa Occidental y Central alrededor 1,2 millones de niños caen víctimas de traficantes y cómo alrededor de 5,7 millones trabajan bajo constricciones.
Las rutas del tráfico prevén dos direcciones principales: la primera desde Malí y Burkina Faso hacia Costa de Marfil, la segunda desde Togo y Benín hacia Nigeria y Camerún. Las causas principales del tráfico son la pobreza y las desigualdades económicas y sociales que impulsan a muchos niños hacia Costa de Marfil.
Los países de destino presentan generalmente economías más ricas, basta pensar que en África occidental es producido el 70% del cacao mundial (datos del International Institute of Tropical Agriculture) de los que:
- 43% en Costa de Marfil
- 15% en Gana
- 7% en Nigeria
- 4% en Camerún
En estos países el cacao es recogido y trabajado sobre todo por niños, algunos de los cuales de edad inferior a los siete años.
Los mecanismos del tráfico prevén que los niños, de edad entre los 5 y los 15 años, provenientes de familias más pobres, una vez abordados y convencidos por los intermediarios a dejar su país, incluso con falsos contratos de trabajo o de aprendizaje, sobrepasan los confines en camiones destartalados y alcanzan los campos de cosecha a pie. Aquí son vendidos a los propietarios del campo que se convierte en su patrón: frecuentemente los niños toman conciencia de su condición sólo sucesivamente, es decir, cuando son instalados en cabañas que son cerradas a llave. Algunos niños que logran escapar han contado que son maltratados, explotados y golpeados, así como que no han recibido nunca un sólo salario.
El testimonio de un misionero de Benín
Más de cuatro mil niños cada año son enviados a trabajar fuera de Benín, uno de los países más pobres de África, refiere a la Agencia Fides el P. Claude, un misionero que desde hace años dirige un centro de acogida para los niños de la calle en Cotonou, capital del Benín. “El país es una encrucijada del tráfico de los menores de la región. Incluso desde el cercano Togo los niños hacen escala aquí para luego ser enviados a Costa de Marfil y Nigeria, donde son explotados en las plantaciones”, dice el P. Claude. “Se trata de uno de los tantos comercios que tienen su base en nuestro país. Incluso las rutas de la droga y de las armas pasan por Benín”.
“Las familias más pobres venden sus hijos a las organizaciones de traficantes, a cambio de un poco de dinero y de la promesa de un trabajo decente para sus hijos. En realidad, los niños, una vez llegados a la plantación, son obligados a trabajar sin retribución. Son completamente aislados de la familia. Solo algunos de ellos, una vez crecidos, logran huir y regresar a casa. Pero la mayor parte de los niños no verán a su familia nunca más. Es una forma real y concreta de esclavitud”.
“Los traficantes están bien organizados: los niños antes de partir hacia los países de destino son reunidos en un lugar de encuentro y son adoctrinados acerca de como deben comportarse en la frontera y durante los controles de la policía. Es fácil convencerlos a colaborar: después de todo han sido sus familias las que los han enviado allí”, afirma el P. Claude.
“Los traficantes hacen un buen juego operando en estos países, donde el estado todavía tiene gran dificultad para imponer la ley en todo el territorio”, afirma el sacerdote. “Cada cierto tiempo las autoridades de Nigeria y de Costa de Marfil regresan niños a su patria, pero desgraciadamente se trata aún de intervenciones esporádicas. A causa de la guerra, el tráfico hacia Costa de Marfil ha sufrido sin embargo una disminución”.
El centro dirigido por el P. Claude hospeda como promedio a unos 80 niños. “Existe un ir y venir continuo de niños y muchachos. Así el número de nuestros asistidos es mucho más alto del de muchachos hospedados”, dice el P. Claude. “Lo importante es que los muchachos permanezcan en contacto con nosotros. Nuestro objetivo es el de reunir a los niños de nuevo con sus familias. A los muchachos más grandes, de 15 años para adelante, les ofrecemos asimismo una formación profesional. Solo así, con un trabajo, podrán efectivamente abandonar en modo definitivo la calle”.
El caso de los niños pescadores de Ghana
En la comunidad de pescadores de Yeji, en la rivera norte del Lago Volta, centenares de niños son víctimas de traficantes sin escrúpulos que los obligan al trabajo forzado. Los niños, todos provenientes de familias muy pobres, son vendidos por los padres a los traficantes por 170 dólares americanos.
La Organización Internacional para los Inmigrantes (IOM) ha iniciado un programa para la recuperación y reinserción de los niños esclavos. Después de haber pasado dos semanas en un centro transitorio en Yeji, los niños son ahora hospedados en un campo de la IOM cerca de la ciudad de Mankessim, en la región central de Ghana, donde reciben asistencia médica y psicológica por parte del personal de la IOM y del gobierno. Después de haber terminado el programa de rehabilitación en abril, los niños se reunirán con sus familias, las que recibirán asistencia para facilitar la reinserción de los pequeños.
Los ancianos y los jefes del pueblo sostienen el programa, actuando frecuentemente como mediadores, con los pescadores que han comprado a los niños. A cambio de los pequeños, los pescadores reciben instrucción profesional para mejorar las técnicas de pesca y microcréditos para iniciar otras actividades económicas.
La IOM ha comenzado también un programa para mejorar las condiciones económicas de las familias pobres, en modo de evitar que sean obligadas a vender a sus propios hijos. La mayor parte de los pequeños esclavos tiene una edad entre los 6 y los 14 años. Los hombres son obligados a trabajar en la pesca, mientras las mujeres son utilizadas como cocineras y siervas. Cada día los niños trabajan mucho tiempo sin ser pagados, recibiendo solamente una nutrición bastante pobre.
Desde el punto de vista sanitario, los niños, obligados a turnos de trabajo muy pesados y en condiciones insalubres, contraen graves enfermedades: malaria, amebiasis, malestares crónicos en la cabeza, en el estómago y en los ojos, bilharziasis (llamada también esquistosomiasis o bilharziosis es una enfermedad transmitida por el agua y causada por gusanos minúsculos platelmintos trematodos). Pero los problemas más graves son de tipo psicológico: los niños deben ganar de nuevo confianza en sí mismos y en el ambiente que los rodea.
Si bien la mayor parte de los niños han sido declarados por los médicos hábiles para regresar a casa y de frecuentar la escuela, ellos tendrán necesidad al menos de dos años de observación y curas médicas para obtener una completa recuperación física y psíquica. Los pequeños, en efecto, han sido obligados a sumergirse en las peligrosas aguas fangosas del Lago Volta para liberar las redes que se habían enredado, trabajando durante largas horas en lanzar y recuperar las pesadas redes de pesca. (L.M.)
AMERICA LATINA Y PAISES CARIBEÑOS
Según se desprende de los datos ofrecidos por la Organización Mundial del Trabajo (OIT) en el último informe titulado “La eliminación del trabajo infantil, un objetivo a nuestro alcance”, de mayo del 2005, América Latina y el Caribe han logrado significativos avances en la reducción del trabajo infantil gracias a una mayor conciencia, voluntad política y medidas concretas particularmente en el ámbito de la reducción de la pobreza y la educación universal. Según estos datos el numero de niños que trabajan ha disminuido en unos dos tercios en el transcurso de los últimos cuatro años. Este progreso en América Latina y el Caribe se pude atribuir en parte a los logros alcanzados en Brasil y México, los dos países más poblados de la región, que desarrollan programas exitosos enfocados a la reducción de la pobreza, a través de programas de transferencias, dirigidas a las familias pobres. Estas transferencias están condicionadas a las asistencia escolar, al control de la salud regular y a una mejor nutrición. Los programas en Brasil y México son programas a gran escala y ambiciosos que ha logrado ayudar a millones de niños y niñas y a sus familias.
El informe presenta en efecto el caso de Brasil para ilustrar el hecho de que, además de la reducción de la pobreza, la decisión de centrarse en la educación universal en particular, es una condición previa importante para impulsar a los países hacia el punto de transición para hacer frente al trabajo infantil. En Brasil desde 1992, se ha producido una amplia movilización social contra el trabajo infantil la cual ha involucrado al gobierno, trabajadores, empleadores, ONGs, organizaciones internacionales, grupos religiosos y comunitarios. La Nueva Constitución impuso una educación obligatoria de ocho años que en febrero del 2006 se prolongó a nueve años. Desde mediados de los años noventa se produjo un importante cambio en la escolarización primaria en las regiones más pobres, esto es, el norte, noreste y centro oeste. Esto fue posible gracias a un firme compromiso en materia de políticas publicas en el marco del programa “Todos los niños a la escuela”, que fue promovido gracias a programas de transferencias condicionadas a la asistencia a la escuela que estaban destinados a las familias pobres con niños en edad escolar y gracias al innovador programas de la erradicación del Trabajo Infantil (PETI).
Sin embargo a pesar de esta disminución el problema continua existiendo y se calcula que hay alrededor de 5,7 millones de niños trabajadores entre los 5 y 14 años que trabajan regularmente. El porcentaje de trabajo para América Latina y el Caribe es de aproximadamente 5 de cada 100 niños, principalmente debido a la pobreza de los países latinoamericanos, que hace que niños de muy corta edad se incorporan al mundo laboral y dejen de lado la educación.
Al igual que en el resto del mundo la mayoría de los niños, niñas y adolescentes que trabajan en América Latina se encuentran en áreas rurales, empleados en el sector agrícola, aunque hay muchos niños trabajando en actividades de alto riesgo como minería, rellenos sanitarios, venta ambulantes, talleres pirotécnicos y miles son víctimas de la explotación sexual comercial o de la trata o explotación en el tráfico de drogas a un alto costo de sus vidas. En muchos países el trabajo domestico es el segundo sector más importante en el cual se desempeñan niños y adolescentes y particularmente las niñas.
Existen importantes diferencias de género cuando se compara el trabajo de los varones con el de las niñas. Mientras que es más probable que los varones trabajen en la agricultura (el 63%) la tendencia de las niñas es a hacerlo en el sector de los servicios (el 43%). Según el informe del Estado Mundial de la Infancia 2007, de la UNICEF, la mayoría de los niños y niñas que trabajan en el servicio domestico - más de un 90% según estudios realizados – son niñas. Este es especialmente el caso en América Latina. En Guatemala por ejemplo, el numero de niños que trabajan es el doble que de niñas, pero más del 90% de los empelados domésticos son niñas. En la Republica Dominicana, se da por hecho que las niñas deben cuidar de los hermanos menores, además de realizar las tareas del hogar.
La mayoría de los niños de entre 5 y 15 años de edad que trabajan en América latina lo hacen en el sector agrícola, seguido por el sector de los servicios. En Belice, no menos de 65 % del total de los niños que trabajan lo hacen en la agricultura y el 27,8% en los servicios, mientras que en Nicaragua esas cifras son del 58,7 y el 30,9 %, en el Brasil del 58,7 y el 33,5%, en El Salvador del 53,2 y el 30,7%, en Panamá del 66,1 y el 31,2%, en Honduras del 59,1 y el 28,5% y en Guatemala del 62,6 y el 23,4%. Algunas de las tareas agrícolas pueden significar en gran peligro para los niños, ya que implican la manipulación de herramientas cortantes y de máquinas eléctricas, así como la manipulación de componentes biológicos y químicos (fertilizantes y pesticidas que significan un grave peligro para los niños a los que son especialmente sensibles por estar en una etapa de crecimiento). En las plantaciones de azúcar de Brasil, por ejemplo, los niños cortan cañas con machetes, una tarea que les pone constantemente en riesgo de mutilarse. Constituyen un tercio de la mano de obra y se ven involucrados en un 40% de los accidentes laborales. En Costa Rica, el problema más grave del trabajo infantil agrícola se da en la transición del niño y niña a la educación secundaria, según concluye un estudio presentado por el Programa para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC) de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En Costa Rica se estima existen aproximadamente 50,000 niños, niñas y personas adolescentes que trabajan en la agricultura, 9 mil de ellos tienen menos de nueve años de edad.
Existen también muchos niños que trabajan en el sector minero con graves riesgos para su vida. Según datos de la OIT alrededor de 500 mil niños y adolescentes dejan de ir a la escuela para trabajar en la minería artesanal en Sudamérica. Los niños mineros trabajan bajo las condiciones mas insalubres imaginables. Muchos mueren por asfixia, aplastados en derrumbes o por el avance inexorable de la silicosis que corroe los pulmones. Estudios desarrollados por la OIT en diferentes países de Sudamérica han identificado que los niños y niñas trabajadores mineros presentan cuadros de desnutrición y retraso en su crecimiento, situaciones que se suman a casos de intoxicación crónica con sustancias utilizadas en el tratamiento de los minerales, deterioro neurológico ocasionado por los mismos agentes, así como otras lesiones y discapacidades originadas por accidentes y por condiciones de trabajo que superan ampliamente la capacidad física y la fuerza de los niños. En Perú son unos 50.000 los niños trabajan en actividades relacionadas con la explotación del oro y manipulan mercurio a diario sin protección ninguna. En Colombia las cifras del Gobierno indican que alrededor de 400 mil estarían laborando en la explotación de oro, carbón, esmeraldas y arcilla en diferentes regiones del país. En Bolivia 120.000 niños trabajan participan en la extracción de estaño, zinc y plata y en Ecuador el número de trabajadores infantiles mineros se estima en mil quinientos. La región de América Central no es ajena a este problema. En Guatemala, niños y niñas han sido detectados, en canteras, arrastrando cargas pesadas, respirando partículas contaminantes y utilizando peligrosas herramientas y equipos para el triturado de piedras y minerales. Mientras que en países como Nicaragua, por ejemplo se observan, confinados en la oscuridad de estrechos túneles.
Son también famosos los llamados “niños de la pólvora” de Guatemala que se encargan de armar los petardos para ser utilizados en las fiestas populares. También en El Salvador son muy frecuentes los niños que trabajan en la industria de fuegos artificiales.
Respecto a la participación en los conflictos armados, el único país de América Latina con abierta participación de niños es Colombia. La organización humanitaria Human Right Watch (HRW) estima que en Colombia hay unos 11 mil niños soldados que luchan en el conflicto armado, una de las cifras más altas del mundo. Al menos uno de cada cuatro combatientes "irregulares" en Colombia tiene menos de 18 años. Los menores, en su mayoría proceden de familias desestructuradas o marginadas y privados de educación, se alistan de forma voluntaria, ante la falta de oportunidades en su entorno, o son reclutados a la fuerza. después del adoctrinamiento, "y a veces bajo el efecto de drogas", los menores se convierten en "asesinos crueles en nombre de causas que no comprenden. El Informe Estado Mundial de la Infancia 2005, elaborado por el Unicefindicó que son 800 los menores de 18 años desmovilizados de los diversos grupos guerrilleros o paramilitares, "mientras que el número de niños y niñas que los grupos armados y las milicias urbanas utilizan en Colombia ha aumentado hasta llegar a los 14.000 en los últimos años". A los niños y las niñas se les obliga también a someterse a la esclavitud sexual y convertirse en trabajadores, cocineros o sirvientes, mensajeros o espías. Las niñas corren un mayor peligro de ser víctimas de la explotación sexual, ya sea por un comandante o por toda la tropa.
El Perú, en el último quinquenio, ha multiplicado el número de niños trabajadores. La doctora peruana Doris Portocarrero, directora del Grupo Iniciativa Nacional para los Derechos del Niño (GIN) en su intervención en el Simposio “Rompamos las cadenas del maltrato: Hagamos felices a los niños y adolescentes”, realizado en Lima el 15 de julio del 2005, destacó que el Perú en el último quinquenio ha quintuplicado el número de niños trabajadores: “Actualmente en nuestro país se estima que son 2 millones los niños y niñas que trabajan, y de ellos, cerca de 300 mil lo hacen en condiciones peligrosas, de riesgo, es decir en situaciones que la OIT denomina las peores formas de trabajo infantil: minería, fábricas de ladrillos, explotación sexual. La explotación sexual asociada al turismo es un problema que se está incrementando en el Perú, sobretodo en adolescentes mujeres y hombres”. El trabajo infantil con alto riesgo (sector minero, cantera, corte de caña, etc.) va creciendo en el país con el deterioramiento de las condiciones de vida de la población, y asume diversas expresiones según la zona del país en la que se desarrolla (recogida y selección de desperdicios en los mercados y puertas, venta ambulante de productos regionales o trabajo doméstico, lustrabotas, vendedores ambulantes, etc.).
En Chile según un reciente registro de SENAME, entre junio de 2003 y septiembre de 2005, se detectaron 1.123 niños chilenos víctimas de las “peores formas de trabajo infantil”: esto significa niños que trabajan jornadas extensas, en horarios nocturnos, sin medidas de higiene; así como los niños que son explotados sexualmente o que son utilizados en actividades ilícitas, por ejemplo, los que son reclutados por el narcotráfico. De este total, un 36,8% realiza actividades peligrosas por las condiciones en que se desarrollan; 24,5% aparece relacionado con el comercio sexual; y un 14.2% en tareas que son ilícitas.
La Iglesia en América Latina no es ajena a la problemática de los maltratos infantiles, y desarrolla más bien una tarea muy importante con los padres y las familias de los niños. A través de las Comisiones de Familia y de Infancia y Vida, varias Conferencias Episcopales, buscan acompañar y orientar a las familias a fin de que lejos de explotar y maltratar a niños y adolescentes, promuevan el respeto y el afecto, asumiendo el rol de la paternidad en modo responsable.
Cada año la Conferencia Episcopal Peruana, a través de la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) y de la Campaña Solidaria “Compartir”, realiza una campaña nacional dando particular atención a todo aquello que involucra a los niños. La campaña tiene el objetivo de promover el conocimiento de los problemas, sensibilizar a la opinión pública y sostener proyectos orientados a una respuesta concreta a los problemas en cuestión. Son diversas las instituciones de servicio de la Iglesia Católica peruana que han sido puestas al servicio de niños y adolescentes: en Lima existen 12 Casas Familia que acogen a niños/as abandonados, en peligro moral o huérfanos, adolescentes de la calle, o niños en alto riesgo; Casas Familia temporales para madres y adolescentes gestantes, colegios para niños abandonados o huérfanos, y asilos nido.
En Costa Rica Mons. Ángel San Casimiro Fernández, Obispo de Ciudad Quesada y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social-Caritas, de la Conferencia Episcopal escribió el pasado 9 de septiembre del 2005 una ‘Carta Pastoral sobre los Derechos de los Niños, las niñas y las personas adolescentes’, titulada “Dejad que los niños vengan a Mí... (Mt. 19,14)”. “Como Obispo responsable de responsable de la Pastoral Social de Costa Rica, después de ver y oír los clamores, las angustias y tristezas de nuestras comunidades familiares, y preferencialmente de nuestros niños y niñas, apoyado en la esperanza renovadora del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, quiero dirigir la presente Carta Pastoral a todos los católicos, a las personas de buena voluntad y a toda la sociedad de nuestro país, con el fin de compartir con todas y todos, estas sencillas apreciaciones, desde la perspectiva de la fe y sin pretender tener las soluciones a tan variadas y difíciles realidades”, afirma Mons. Ángel San Casimiro en la introducción de la Carta. Considera además que es “responsabilidad de la Iglesia preocuparse para que todos los niños y niñas gocen de las condiciones que favorezcan su pleno desarrollo físico, psicológico y espiritual” y en este campo tiene un gran papel pues si bien “no es experta en economía y finanzas, sí lo es en humanidad”.
En Chile el tema de la infancia ha ido emergiendo con características nuevas en los últimos años desafiando seriamente la acción social. Por ello son cada vez más numeroso los agentes pastorales y representantes de movimientos y fundaciones que se preocupan de la atención de niños, niñas y adolescentes vulnerados en sus derechos y que buscan ir abordando de manera más articulada este trabajo, de acuerdo a la solicitud explícita de los Pastores.
LAS PATOLOGÍAS MÁS DIFUNDIDAS VINCULADAS AL TRABAJO INFANTIL
Retardo o detención del crecimiento, malformaciones óseas, pérdida del oído o de la vista, infecciones a la piel y alergias, desnutrición y desordenes en la alimentación, infecciones respiratorias, envenenamiento, Hiv/Sida, drogadicción, dificultad en las relaciones sociales, son sólo algunas de las consecuencias que tiene el trabajo infantil en los niños.
“Son 191 los países que han reconocido el derecho del niño a ser protegido contra la explotación económica y contra la constricción a realizar cualquier tipo de trabajo que pueda ser peligroso a interferir con su educación, o que pueda ser dañino para su saludo o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social” (Art. 32 de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño).
La explotación del trabajo infantil amenaza la salud y el desarrollo intelectual, físico, social y psicológico de los niños y perpetúa la situación de pobreza en las regiones menos desarrolladas del mundo. Las más recientes estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hablan de cerca de 246 millones de niños entre los 5 y 17 años involucrados en algún tipo de trabajo infantil. De estos, cerca del 70%, es decir 171 millones, trabajaban en situaciones o condiciones riesgosas: en las minas, en el sector agrícola en contacto consustancias químicas o pesticidas o con maquinaria peligrosa. Cerca de 73 millones de estos niños tienen menos de 10 años.
Su precaria condición física los hace más vulnerables que los adultos a enfermedades relacionadas con el trabajo o a lesiones, unido al hecho de que son menos conscientes de los riesgos que comporta el tipo de trabajo que realizan o las condiciones.
Algunas de las enfermedades o lesiones sufridas son: picaduras, fracturas o mutilaciones, quemaduras, enfermedades a la piel, disminución de la vista o del oído, enfermedades respiratorias, gastrointestinales, fiebres o migrañas debidas al calor excesivo en los campos o las fábricas. Si bien el número de enfermedades provocadas en los niños por trabajos peligrosos es mucho más alto en el sector agrícola, que ocupa dos tercios del total de niños que trabajan, la más alta incidencia de lesiones se da en el trabajo edilicio o en la actividad minera.
Uno de cuatro niños y más de una de tres niñas que trabajan en el sector edilicio sufren lesiones o enfermedades relacionadas con el trabajo; la incidencia en la actividad minera es ligeramente superior a uno de seis niños y a una de cinco niñas.
Pero los niños comprometidos en trabajos peligrosos no están solamente bajo riesgo de contraer lesiones, enfermedades o incluso la muerte. Frecuentemente son excluidos de la instrucción que podría darles la base para encontrar en el futuro una ocupación menos peligrosa. Una instrucción segura, accesible y de alta calidad es la mejor manera para animar a una familia a enviar a la escuela a sus hijos y para evitar que los niños sean comprometidos en trabajos peligrosos y, en consecuencia, expuestos a enfermedades de cualquier naturaleza.
Los niños son biológicamente distintos que los adultos. Casi siempre son físicamente más débiles y mentalmente más vulnerables. En 1991, la UNICEF estimó que cerca de 80 millones de niños entre 10 y 14 años, estaban siendo empujados a trabajos que comprometían su normal crecimiento.
Entre las consecuencias negativas que tiene el trabajo sobre la salud de los niños, las principales son: retardo y detención del crecimiento, malformaciones óseas, pérdida del oído o de la vista, infecciones a la piel o alergias, desnutrición y desórdenes en la alimentación, infecciones respiratorias, envenenamiento a causa de agentes químicos, abuso sexual, enfermedades de transmisión sexual, Hiv/Sida, abortos o partos de adolescentes, toxico dependencia dificultad en las relaciones sociales, desordenes en el sueño, depresión.
Del último reporte de la UNICEF sobre la condición del a infancia en el mundo 2006, resulta que muchas de las peores formas de trabajo infantil pueden ser al mismo tiempo causa y consecuencia de la pandemia del Hiv/Sida.
La explotación sexual, el abuso o la violencia pueden exponer a los jóvenes a diversas infecciones. Los niños de familias golpeadas por el Hiv/Sida corren el riesgo de perder la atención y el cuidado que debería brindar la familia misma.
Según una información obtenida del Padre Giovanni Contarin, responsable del Centro de Rayong, en Tailandia, que se ocupa de los niños afectados por el Hiv/Sida, el fenómeno del trabajo infantil ha disminuido drásticamente desde que, hace un par de años, la edad obligatoria para la instrucción fue elevada hasta los 16 años. También en la industria criminal de la prostitución está en disminución la participación de jóvenes menores de 16-17 años.
En la zona de Rayong, que tiene una alta densidad industrial (más de 1.500) no se encuentran jóvenes por debajo de los 18 años, y también en los distribuidores de gasolina la edad ha subido… hasta hace algunos años al jóven distribuidor de gasolina se le llamaba “dek pump” o “niño de la bomba”.. ahora todos tienen al menos 17 años. Por otra parte, el Padre Contarin sostiene que la tuberculosis en jóvenes varones y el alcoholismo están en aumento.
Datos recientes de la Organización Mundial de la Salud, afirman que las enfermedades más comunes contraídas en el lugar de trabajo son los tumores causados por la exposición a sustancias peligrosas, los disturbios en los músculos y el esqueleto, las enfermedades respiratorias, la pérdida del oído, las afecciones en la circulación, o las enfermedades contagiosas. En muchos países industrializados, las muertes ocasionadas por enfermedades ocupacionales, en particular aquellas ligadas al amianto, están en aumento: hoy por hoy son la causa de 100 mil muertes al año.
En el sector agrícola, que hoy en día continúa abarcando la mitad de la fuerza de trabajo en el mundo, el uso de pesticidas causa 70 mil muertos por envenenamiento al año y 7 millones por casos de enfermedades agudas o crónicas. (A.P.)
ENTREVISTA A LA DOCTORA CECILIA BRIGHI del Consejo de Administración de la OIT (Organización Internacional del Trabajo)
Roma (Agencia Fides) - Cecilia Brighi trabaja hace treinta años en el mundo de los sindicatos. Es parte del Consejo de Administración de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y en la CISL (Confederación Italiana Sindicatos de Trabajadores, con sede en Roma) se ocupa de las relaciones con las instituciones internacionales y con países asiáticos como Corea, Pakistán, Nepal, China, Afganistán y Vietnam.
Doctora Brighi, el fenómeno del trabajo infantil implica a millones de niños, con frecuencia a los más pobres y a aquellos que viven en las zonas del planeta con el rédito per capita más bajo. También en países económicamente desarrollados el trabajo infantil está presente, aunque en formas menos evidentes. ¿Según su experiencia es condenable todo el fenómeno del trabajo infantil o sólo la explotación indiscriminada del trabajo de los niños?
Hay que condenar todo el fenómeno del trabajo infantil. La convención 138 de la OIT obliga a los países que la han ratificado a establecer una edad mínima por debajo de la cual está prohibido el trabajo infantil. Para trabajos ligeros que permiten frecuentar el colegio está previsto que ese límite pueda bajar hasta los 12 años. Por lo tanto el trabajo infantil está claramente prohibido y es un fenómeno que hay que combatir en todas sus formas. En esa misma convención se ha claramente establecido el derecho a la instrucción de los niños, derecho que es claramente violado cuando el niño es obligado a trabajar. No hay que olvidar que los niños que hoy trabajan, el día de mañana, cuando sean adultos, irán a engrosar la fila de los excluidos. Hay que tener en cuenta además que la lucha contra las peores formas de trabajo infantil, definidas por la convención 182, tiene que estar siempre asociada a la actuación de la convención 138 sobre la edad mínima. Hoy muchas veces por miopía política muchos gobiernos, empresas de muchos países y algunas ONG, además del Fondo Italiano de la UNICEF, pareciera que se oponen a lo establecido por la Organización Internacional del Trabajo, es decir por la agencia de la ONU que define las normas internacionales del trabajo. Considero esto un hecho muy grave porque avala a empresas y a gobiernos corruptos y poco democráticos.
Parecería que la lucha contra el trabajo infantil haya logrado buenos resultados en los últimos años. Lo dicen los datos del último informe de la OIT.
El informe señala una reducción del 11 por ciento del trabajo infantil. Serían 218 millones los menores que trabajan, de los cuales 126 millones en las peores formas de trabajo, con una disminución del 26 por ciento, que bajaría hasta 33 por ciento entre los 5 y los 14 años. Pero es importante no caer en triunfalismos.
¿Es decir?
Es necesario tomar en cuenta también otros datos. En los últimos años ha habido un record de ganancias a nivel global, pero también a nivel global se ha registrado un record en la desocupación de los adultos. Es decir que en general son siempre menos las personas que trabajan en el mundo y, por lo tanto, una parte de la reducción del trabajo infantil se podría explicar con la disminución en general de la ocupación, sobre todo entre los jóvenes, que por encima de la edad mínima podrían ya ocuparse de los trabajos menos riesgosos. Además es siempre muy difícil obtener datos y números seguros sobre el fenómeno del trabajo infantil.
Pero en los últimos años han sido aprobadas dos importantes convenciones contra el trabajo infantil.
Pero esas mismas convenciones no han sido ratificadas por un buen número de países. La convención 182, por ejemplo, no ha sido ratificada por 21 países. Todavía más grave la convención 138 que falta ser ratificada por 36 países. En Asia por ejemplo, de 29 países sólo 14 han ratificado las convenciones. En África 42 de 53 países. Además falta la ratificación de países importantes como China, Estados Unidos, India y México.
En algunos países faltan además medidas específicas y eficaces. Sólo en el sector agrícola son usados 130 millones de niños menores de 15 años. Es un trabajo prácticamente invisible y por lo mismo difícil de combatir. Lamentablemente los cálculos nos dicen que en la agricultura el 20 por ciento de la fuerza de trabajo está compuesta por niños menores de 10 años.
¿Cómo se debería afrontar entonces el problema?
El problema del trabajo infantil hay que afrontarlo en la raíz. De hecho es un fenómeno con causas complejas. Parte de la raíz del problema se encuentra en las guerras, en la pobreza, en la inmigración, en las dictaduras, en gobiernos corruptos y no democráticos, en desequilibrios ambientales, etc. Todos estos elementos nos conducen al problema de la desocupación de los adultos y a la necesidad de un trabajo y un salario dignos que les permita mantener la propia familia dignamente. Ahí donde a los adultos se les asegure un trabajo con un salario justo no será necesaria la mano de obra infantil. Es por eso necesario el compromiso fuerte de los gobiernos que deberían revisar sus balances nacionales y orientarlos hacía un mayor gasto social y en la promoción de programas que promuevan la ocupación. En muchos países donde el trabajo infantil constituye un fenómeno difuso, como Pakistán, Birmania, India, etc., el gasto militar es elevadísimo y la corrupción muy extendida y los gobiernos no toman medidas contra los emprendedores que continúan a valerse del trabajo de aquellos que deberían frecuentar las escuelas. Menos armas y más escuelas, más trabajo para los adultos con el respeto total de los derechos fundamentales del trabajo. Éste debería ser el lema y al mismo tiempo el compromiso de nuestra cooperación internacional. La promoción y la actuación a nivel internacional de los derechos fundamentales del trabajo, sancionados por la OIT, garantizan una competencia leal de las empresas en los mercados internacionales y promueven también el crecimiento de los mercados internos en los países pobres y, por lo tanto, no ponen en riesgo la ocupación en los países donde tales derechos hoy día son reconocidos y aplicados. Y estos no son sólo los países industrializados sino también muchos países en vías de desarrollo que cada día encuentran más dificultades para respetar los derechos de los trabajadores y que se ven amenazados por el “dumping” social de los países que hacen de la explotación del trabajo una de sus armas fundamentales en su capacidad de competencia.
¿Por lo tanto?
Cuando el rédito pro capita sube la porcentual de trabajo infantil baja de manera radical. Mientras que el trabajo infantil aumenta donde el producto interno bruto de un país está constituido en su mayor parte por las rentas del sector agrícola, ya que en la actualidad es en este sector donde se puede encontrar con más frecuencia situaciones de informalidad o explotación, como por ejemplo, en las grandes plantaciones que producen para la exportación. La economía informal registra el número más alto de fuerza de trabajo infantil. No es por casualidad que pasados 6 años desde el lanzamiento de los Objetivos del Milenio también la campaña de la ONU ha entendido que la promoción del trabajo digno y respetuoso de los derechos fundamentales (iniciando por la libertad de organización sindical y de contrato) y la lucha contra el trabajo infantil son dos elementos importantes para salir de la pobreza.
Incluso cuando el crecimiento económico, como ha recordado antes, no siempre supone una reducción del trabajo infantil.
En ese sentido basta mirar lo que está sucediendo en China. La población oficial de ese país es equivalente al veinte por ciento de la población mundial. Los números oficiales hablan de mil trescientos millones de personas, pero se estima que el número real de personas en China pueda llegar a mil quinientos millones de personas, cuando se toma en cuenta los casi 200 mil niños no registrados y los fuertes movimiento de migración interna. En los últimos años la China ha registrado un crecimiento anual del 9,9 por ciento. Éste crecimiento es un crecimiento no sólo sin trabajo sino también con un aumento de situaciones precarias y de explotación. En efecto, el crecimiento de la ocupación se estima en ocho millones de puestos de trabajo, equivalente al once por ciento. El resultado es un “boom” de la llamada economía informal invisible hecha de puestos de trabajo precarios, inseguros y con frecuencia explotados. En donde también se encuentra trabajo infantil. La situación de precariedad del trabajo en el mundo está creciendo y lleva consigo profundas violaciones de los derechos fundamentales del trabajo y también una fuerte ausencia de futuro para los trabajadores de hoy y para sus hijos. Se habla mucho de economía del conocimiento pero la realidad es que el trabajo infantil, el trabajo forzado y las violaciones de los derechos fundamentales del trabajo están creciendo en vez de disminuir. Y para poder construir la paz y la justicia social es necesario comenzar por garantizar precisamente los derechos fundamentales también de los ciudadanos del futuro: los niños y las niñas de hoy. Aquí en Italia y en el resto del mundo. (F.B.G.)
ALGUNOS SITIOS EN INTERNET
SANTA SEDE
Mensaje para la jornada de la Paz, 1 de enero de 1996
Rerum Novarum
Laborem Exercens
Compendio de la Doctrina social de la Iglesia
Intervención del Arzobispo François Xavier Nguyên Van Thuân durante la Conferencia Nacional del Trabajo (Italia), 30 de enero de 2001
ORGANIZACION INTERNACIONAL DEL TRABAJO – OIT
Convention 138 concerning Minimum Age for Admission to Employment, 26 January 1973
R146 Minimum Age Recommendation, 26 January 1973
Declaration on Fundamental Principles and Rights at Work, 18 June 1998
R190 Worst Forms of Child Labour Recommendation, 1999, 17 June 1999
ILO Convention 182, Convention Concerning the Prohibition and Immediate Action for the elimination of the Worst form of Child Labour, adopted by the Conference at its 87th Session, 17 June 1999 and entered into force, 10 November 2000
ONU
Resolution 50/153, The rights of the child, Adopted at the 97th plenary meeting, 21 Dec. 1995
Report by the Secretary-General, A/51/492, Promotion and protection of the rights of the children - Exploitation of child labour
Resolution 51/77, The rights of the child, Adopted at the 82nd plenary meeting, 12 Dec. 1996
Report of the Secretary-General A/52/523, Promotion and protection of the rights of the children Exploitation of child labour, 24 October 1997
Resolution 52/107, The rights of the child, 12 Dec. 1997
Resolution 53/128, The rights of the child, 9 Dec. 1998
Resolution 56/138, The rights of the child, 19 Dec. 2001 15 February 2002
Fuente: Informe original: Agencia «Fides»: www.fides.org
Publicado por www.diario7.com.ar Reformateado: Fundación Felices los Niños
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