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El Bautismo del Perro

Padre Julio César Grassi

Era un 15 de agosto -día de la Asunción de María- en un lejano pueblo patagónico, recostado sobre la cordillera. Buena parte de sus habitantes, dedicados a la explotación del carbón, descansaron hasta tarde ya que ese día celebraban a la patrona de su parroquia y era feriado. Todo sabía a serenidad, menos en la casa parroquial, que desde temprano tenía sus luces prendidas y al cura caminando de un lado al otro preparando la ceremonia. Doña Isabel, la secretaria parroquial, iba y venía con velas, sillas, ornamentos sagrados, mientras que Joaquín, el sacristán, sacaba la alfombra de un baúl y la sacudía en el patio. Se vivía una linda tensión, la víspera de una gran fiesta...

En el fondo del pueblo había un caserío al que llamaban "el barrio chileno"... Tiempo atrás se habían asentado allí muchos habitantes del sur de Chile en busca de prosperidad, y ya en la tercera generación, era un barrio más del pueblo. Igualmente lo seguían llamando chileno. También desde temprano, una luz prendida en una habitación daba cuenta de los "preparativos"... Sí, allí había un pequeño niño de seis años con su perrito a upa. Lo cepillaba y le hablaba:

-Hoy portate bien. No te vas a hacer pis en la iglesia. Te vas a portar como un señorito...

El perrito gozaba de los mimos del cepillo y cerraba sus ojitos por el placer que le provocaba sentir esa caricia y el calor de los brazos de su pequeño amo.

Una cinta roja con un moño quizá demasiado grande, tan grande como la cabeza del perro, terminó de preparar al animalito.

-Te voy a hacer bautizar por el padre Juan.

El perrito aceptaba todo. Nada malo vendría de ese manjar de ternura que le había tocado en suerte.

Llegada la hora de la misa, allí estaban todos preparados: el intendente con su señora, el comisario, el juez de paz, los gendarmes, todos junto a su familia. El día tocó muy frío, pero la nieve no hizo achicar a nadie. El padre Juan era de guardarse poco tiempo la lista de ausentes y los seguía hasta pescarlos en algún recital o asado:

-Hoy hace tanto frío como el 15 de agosto... ¿Qué está primero? -era su sentencia. Mejor ir, y allí estaban.

En medio del pueblerío estaba "Petaco" (así llamaban al niño) con su perrito Santiago... Puso al perrito debajo de su campera y la cabecita asomaba descansando sobre su hombro.

La misa, como siempre tan larga, transcurría entre cantos y un sermón que aprovechaba a bajar línea:

-Hoy es día de la Asunción de la Virgen a los Cielos y yo me pregunto si nuestro pueblo no estará descendiendo a los Infiernos... Con tanto olvido de Dios, tanta vida nocturna, tanto alcohol, tanto engaño...

Nadie miraba al costado por las dudas, para no tropezarse con la mirada del compañero de pecado... Firmes, de frente al padrecito, que una vez al año los tenía allí a toditos juntos, y había que aprovechar.

Petaco casi se dormía con Santiago. Chiquito y ancho el mocoso, justamente como una petaca. (Instrumento usual del padrino que lo rebautizó con ese nombre.)

Pasado el mal trago del sermón, la misa transcurrió entre cantos y oraciones. Comulgaron pocos. En un pueblo con un solo cura era difícil creer que ese pecado, que ya todos conocían, había sido confesado. En otro lado quizás... pero ¿dónde?, ¿cuándo? Por las dudas, ponían los ojos en la hoja de canto y pensaban "ya pasará".

San Roque y el perro
San Roque y el perro
Tras la bendición solemne de la Virgen, el padre Juan se retiró procesionalmente al gran atrio de la iglesia para saludar a los fieles que se retiraban. En medio de la multitud se veía venir la silueta de Petaco, que venía avanzando al ritmo de los saludos. Esperó besos, bendiciones de medallitas, secretos de señoras y abrazos de funcionarios. Al fin, llegó su turno.

-Padre -le dijo valiente.

-Sí, hijo... -respondió paternal el cura.

-Vine a bautizar a mi perro -expresó con total naturalidad el pequeño.

-¿Cómo?, ¿lo decís en broma?

-No, padre, yo le prometí a la Virgen que lo iba a bautizar hoy, en el día de Ella... ¿Me lo bautiza?

El padre Juan, comprendiendo que no se trataba de una broma, se inclinó y, tomando al niño de un brazo con una mano y acariciando con la otra al perrito, le explicó que a un perro no se lo puede bautizar porque es un animal, y los animales no tienen alma. No tienen sentimientos, sólo instintos...

Petaco no lo podía entender.

-¿Cómo que Santiago no tiene sentimientos. Mírelo, es re-cariñoso. Cuando hace una macana me pide perdón. Le gusta que lo abrace, y llora. Hasta se ríe... Mi perro tiene alma, ¡bautícemelo, padre!

-No puedo, hijo, a los perros no se los bautiza. La Iglesia no hace éste tipo de cosas, porque...

Mientras la teología de] padre Juan se iba extendiendo, las lágrimas del niño iban saltando de sus ojos, con un pequeño hipo que iba dando el introito del llanto, y una retirada abrupta, con un "¿por quééé?, ¿por quééé?".

A los niños no se les puede dar muchas razones, sino llegar a su corazón.

El asunto es que el padre Juan quedó plantado con sus explicaciones y el niño, corriendo a llanto partido camino a su casa.

Petaco llegó a su casa y fue derecho a la cama. No quiso comer y pasó el día encerrado con su perrito. Sus hermanos mayores lo cargaban. Sus padres lo comprendieron y trataron de convencerlo, pero no había caso. Él se sentía mal, muy mal.

La abuela, experta en criar chicos caprichosos, sentenció:

-Dejalo, cuando tenga hambre va a comer. Mañana se le va a pasar.

Esa noche, el padre Juan, mientras rezaba las Completas, su habitual oración de la noche, levantó sus ojos y lo distrajo por un momento la imagen de San Roque junto a un perro... El mismo perro que, "enviado por Dios", llevaba pan al santo mientras padecía una cruel enfermedad y hambre en el desierto...

¿Un perro "enviado por Dios"? Entonces, si un perro es enviado, cumple una misión, obedece, es... puede... ¡No!

No quiso ni pensarlo ni respondérselo y volvió sobre sus oraciones, pero la mente, como la lengua que va a la muela que duele, lo llevó a recordar a Don Bosco... El santo de los niños más pobres y abandonados, el patrono de la Patagonia, y allí vio en su mente la aparición de un "Perro Gris". ¿Quién era?

San Juan Bosco a fines del siglo XIX rompió con muchos esquemas de su época por su gran capacidad de liderazgo entre los niños y jóvenes, usados muchas veces como carne de cañón para la guerra, o captados por peligrosas sectas. Y, claro, molestaba y lo querían matar.

Dios, que quería proteger a Don Bosco, no mandó un Arcángel, ni una legión de santos protectores, sino tan sólo un perro, que ante cualquier peligro allí estaba, defendiendo al sacerdote "de los niños", o alertándolo para que no fuera donde lo esperaba una emboscada. Lo llamaban el "perro gris". Con los chicos era "harto cariñoso" -como decía Petaco-, y con los malos, muy agresivo. Buen guardián. Y el padre Juan pensaba: "Otro perro enviado por Dios... Cumple una misión, capta peligros... ¿Dios le habla? ¿Cómo? ¿Por qué un perro? Un perro, un perro", y esto sonaba y sonaba en su mente.

Don Bosco y el perro gris, en interpretación infantil
Don Bosco y el perro gris, en interpretación infantil
Cuando este buen cura se fue a acostar e intentaba dormirse, sintió por un momento sonar en sus oídos el recuerdo del llanto del niño... y eso le hacía mal.

Entre tanto, Petaco dormía en su cama abrazando a Santiago, con el cariño que este granuja le daba siempre, sin fallarle, sin días malos, ¡siempre fiel!

El padre Juan prendió la luz de su velador, se sentó en la cama y se preguntó "¿Qué hago?".

Sabía que no podía bautizar al perro, pero... ganas no le faltaban.

Dando vueltas sobre ideas y sentimientos, tradiciones, dogmas y sentido pastoral, tomó una decisión.

Al día siguiente, 16 de agosto, temprano, se abrigó y salió presuroso al barrio chileno. Allí era muy conocido. No se acostumbraba verlo a las nueve de la mañana... demasiado temprano para un sábado sándwich, ya que en el sur se duerme más, y era un día para hacerlo legalmente. El padre igual golpeó la puerta de la familia Merillanca y fue atendido por la mamá de Petaco:

-Padre, ¡qué sorpresa! Pase, pase. Asiento... ¿Gusta un matecito? ¿Trae la Virgen Peregrina?

En el fondo, la buena señora, entre honrada y extrañada por la visita, no hacía más que reverencias a quien en el pueblo consideraban mucho.

-Rosita -dijo el padre tomando el mate y dando el primer sorbo-, ¿dónde está Juanito?

-¿Petaco?

-Sí, bueno, vos sabés que no me gusta ese sobrenombre.

-Y bueno, allí está, con ese perro... Enchinchado porque lo quería bautizar... ¡Qué atrevido!, ¡haberse visto!

-No, Rosita, él lo hace porque ve que un buen padre busca lo mejor para un hijo y lo quiere bautizar. Para Juanito el perro es como un hijo. Él imita el mundo de los adultos... Y es mejor que imite ésto y no otras cosas. ¿Me lo traés?, quiero hablar con él.

Traerlo fue muy rápido, ya que Petaco estaba paradito escuchando atrás de la puerta.

El padre los abrazó... a él y a su perrito, que parecía pegado a sus bracitos.

-Hijo, no terminamos de hablar ayer. Hoy en la misa te voy a bendecir con agua santa a tu perro. No se lo bautiza como a un ser humano, pero te lo voy a bendecir. La Iglesia va a estar llena de gente y todos van a ver cómo tu perrito es abrazado por Dios. ¿Lo aceptás?

-¡Claro que sí! -exclamó a viva voz Juanito. Si total, bendecir o bautizar resultaba parecido...

Petaco abrazó al padre Juan con tanto amor que casi casi le hace caer una lágrima fuera de programa.

-Bueno, ya está. Ahora preparalo bien que a las seis de la tarde te espero en misa.

Era la misa de víspera de domingo. El padre Juan, ante la sorpresa de todos los fieles, terminado el sermón hizo pasar a Juanito con Santiago en brazos (que volvía a lucir su tremendo moño) y habló a la gente acerca de la necesidad de tener buenos sentimientos para con los animales. Que ellos también, y algunos en particular, tienen una misión dada por Dios en esta tierra. Y ante la sorpresa de todos tomó agua, la bendijo y roció al pichicho bendiciéndolo "en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo"... Desde doña Isabel y don Joaquín y hasta el fondo del templo se sintió un tímido "Amén" que desentonaba con el Amén que glorioso salía de los labios sonrientes del pequeño, que vivenciaba que ese día los sentimientos habían ganado una nueva batalla.

Era un 16 de agosto, fiesta de San Roque y un nuevo aniversario del nacimiento de Don Bosco. A partir de ese día, en esa fecha, en el pueblo, chicos y grandes llevan sus mascotas a ser bendecidas en el Templo de la Asunción. ¿Cosa de locos? No. ¡Cosas de Dios!


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