|
Es tan lindo cuando ríes, Padre Julio pues tu risa cicatriza mis heridas, las marcas que dejaron en mi alma el desamor, el abandono y la desidia.
Pero hoy... hay dolor en tu mirada... ¿Quién puso esa tristeza en tus pupilas? ¿Quién hirió tu corazón de esa manera? ¿y por qué quiso robarte la sonrisa?
Un día de hace tiempo me cambiaste los cartones, por un plato de comida y a ese frío de mis noches solitarias, lo llenaste del calor de una familia.
Hiciste realidad mis ilusiones de asistir a la escuela, sin la prisa de vagar por los trenes y las calles, mendigando por alguna monedita.
“¡Hola, Juan!”, me dijiste y fue tan lindo cuando te dije: “¡Hola, pá!” una tardecita. Y yo pensé: ¡Jesús, te doy mil gracias por toda esta felicidad desconocida!
Pero un día te llevaron de mi lado, ensuciando tu nombre con mentiras... Y con crueles mensajes y calumnias separaron de repente nuestras vidas.
A veces... si en la tarde la nostalgia me inunda, desde aquella despedida, me siento bajo el roble más frondoso a soñar que te doy la bienvenida.
Pues un día llegarás por el camino, por el sendero que lleva a la capilla y dirás: “Hola Juan, estoy de vuelta; llévame otra vez con la familia”.
Hola pá – te diré – bajé una estrella para iluminar con ella tu sonrisa, para borrar esa tristeza de tu alma y ese mudo dolor de tus pupilas.
Es tan lindo cuando ríes Padre Julio, entonces te diré en la bienvenida. Mis hermanos te esperan ¡pues queremos que de nuevo tus ojos... también rían!
Tu hijo Juan Diciembre de 2004
|