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Manitos sucias


Palmas arriba, manitos sucias;
siempre esperando esa moneda
que, a veces, queda grande en tu mano;
y a compartirla con el hermano
porque, tan chico, ya tienes grande
el sentimiento de ser humano;
cosa que, muchos, no lo tenemos
y damos limosna porque creemos
que el bien del día ya está salvado.

Dios nos bendiga, ¡qué equivocados!
¡No hemos ganado de Dios la gracia
por la moneda que nos sobraba!
Sólo sabemos de la desgracia
en estos niños cuando el cariño,
que a nuestros hijos no le negamos,
a estos chicos le regalamos.

¿Y sabes cómo? Toma sus manos,
siente su frío en el invierno;
no esperes nada de los gobiernos
porque ellos nunca les ayudaron.
Lleva su mano a tus mejillas;
áspera y seca, te hará cosquillas;
míralo siempre fijo a los ojos
que están cansados de tanto enojo.

Son destruídos por otras manos,
las de sus padres o sus hermanos,
pues, muchas veces, esa moneda
hasta su casa, quizas, no llega;
y en ves de risas, tiene palizas
cuando él apenas abre la puerta.
Dale alegría, un alfajor
¡o un chocolate mucho mejor!
llena su panza, siempre vacía
verás que ríe su corazón.

Y no te olvides, pon en sus manos,
antes de irte, unas monedas
para que pueda, llegando a casa,
que lo reciban sin amenaza.

Sé que no es mucho lo que te pido,
y, cuando vuelvas a ver tus hijos,
toca sus manos suaves y tibias,
piensa es las otras y, si te alivia,
llora la pena que te ha quedado
y la alegría de haber brindado
esa caricia a un inocente
que, de repente, se te ha cruzado
palmas arriba manitos sucias,
una esperanza... una moneda...
¡sólo nos queda decirle gracias!
pues, tan chiquito, nos ha enseñado
a ver la vida del otro lado:
la de los niños desamparados.

© Aclis


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