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El título de este post es la copia exacta de uno de los avisos que se suma a los cientos de miles que existen en la Internet. En ellos se invita a los cibernautas a ingresar a foros o comunidades privadas, en los que se distribuyen e intercambian libremente material pornográfico infantil, también llamados “PTHC forum”. En dichos foros el único requisito para ser admitido es aportar "NUEVO MATERIAL", es decir, fotos o videos de niños teniendo sexo, los cuales nunca antes se hayan visto y sean inéditos. Y en este rubro, todo material amateur es altamente codiciado.
Una vez que el solicitante ha realizado su aporte y que éste ha sido “autenticado” por el moderador de dicho foro, es admitido como miembro pleno, teniendo la posibilidad de descargar (download) el material existente en dicho foro virtual, los cuales normalmente están cifrados o encriptados para "seguridad" de sus miembros.
Según investigaciones realizadas por la Red Peruana contra la Pornografía Infantil (Peruvian Net against Chile Pornography), en la que han participado diversos informantes de las ciudades más importantes del país, en el Perú existirían más de 10 mil personas pertenecientes a foros de este tipo.
Lo más preocupante de todo esto es que en dichos foros se distribuye material que ha sido producido recientemente, mediante cámaras digitales o por vía celular.
En los materiales que suelen intercambiarse en dichos foros se utiliza comúnmente a niñas (en un 80%) y niños (en un 20%), los cuales son violentados sexualmente por uno o varios adultos, hombres (en un 90%) y mujeres (en un 10%). Es importante indicar que, aunque en “apariencia”, las víctimas de tan espantoso delito parecieran estar conformes y felices, y se indique, por parte de los victimarios, que dichos menores realizan los actos sexuales explícitos de manera voluntaria, ello no es ni será cierto. Hay que recordar que la violencia en un acto no sólo debe entenderse como una agresión física, sino que en estos casos, el adulto victimario suele utilizar una violencia psicológica, ya sea por su condición de tutor del niño o niña que está violando o por la dependencia emocional o económica que exista por parte de la víctima hacia su agresor.
Hasta hace poco, la principal vía de intercambio de pornografía infantil por Internet era el ingreso a páginas Web que ofrecían tales contenidos. Hoy, si bien esta forma no ha disminuido, sí ha dejado de ser la principal vía para acceder a pornografía infantil, siendo superada por la comunidades y foros virtuales, que con ayuda de los correos electrónicos gratuitos (que hoy cuentan con mayor capacidad de almacenaje) y con los servicios de carga de videos y fotos “de forma anónima” que brindan empresas como megaupload o rapidshare, han convertido al Internet y al afán de lucro de estas empresas (las que sólo persiguen la venta de publicidad) en sus mejores cómplices.
En la actualidad, el “ingenio” de estos cobardes ha superado todo bloqueador y filtro existente, y los ha convertido en verdaderos terroristas cibernéticos, dotados de un manto de impunidad por su supuesto anonimato.
Queda entonces una gran tarea que realizar. Por un lado, las empresas que brindan los servicios de Internet, aquellas que ofrecen sus servicios de carga de imágenes y videos, las que ofrecen dominios gratuitos y las que brindan el uso de correos electrónicos gratuitos (Hotmail, yahoo, gmail, entre otros) deben entender que parte importante de su labor no sólo se limita a brindar un buen servicio, sino de dar seguridad a los usuarios impidiendo el uso de sus herramientas para la realización de crímenes tan abominables como la pornografía infantil y la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes. Por otro lado, los Estados deben unir esfuerzos en su lucha cotidiana contra estas redes, investigando y haciendo seguimiento a estos grupos para tratar de detener y encerrar a estos delincuentes. Del mismo modo, los usuarios deben convertir cada máquina, cada correo personal, cada nick, cada dominio, cada blog, cada espacio que posean, en una verdadera trinchera contra la Pornografía Infantil, denunciando cuanto espacio o foro de este tipo encuentren y dando a conocer el problema a todas sus redes de amigos y colegas.
Aquí toda persona que mantenga silencio ante este problema se convierte automáticamente en un cómplice de este delito. Cada hombre o mujer, padre o madre, hermano o hermana, abuelo o abuela, amigo o amiga que sea indiferente, está avalando el abuso sexual a un niño, niña o adolescente que bien podría ser su hijo o hija. Y es que este delito no es un tema exclusivo de organismos defensores de los derechos de niño, ni de las autoridades, ni de las entidades sociales, sino que es uno que requiere de nuestra atención y participación.
Seamos verdaderos soldados a favor de la niñez, no les demos tregua alguna a estas redes. Utilicemos todas y cada una de las herramientas que la tecnología nos da para enfrentar a estos seres que no guardan respeto alguno por estos niños, niñas y adolescentes que son utilizados para producir pornografía infantil. De nosotros depende, podemos ser la solución, pero si no actuamos, seremos cómplices del problema.
Dimitri N. Senmache Artola
Presidente de la
Red Peruana contra la Pornografía Infantil
Fuente: Red Peruana contra la Pornografía Infantil (Encontrará aquí otros artículos sobre el tema)
1. Al comienzo del nuevo año, quiero hacer llegar a los gobernantes y a los responsables de las naciones, así como a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, mis deseos de paz. Los dirijo en particular a todos los que están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su dignidad, esperan en su rescate humano y social. Los dirijo a los niños, que con su inocencia enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad y, con su dolor, nos impulsan a todos trabajar por la justicia y la paz.
Pensando precisamente en los niños, especialmente en los que tienen su futuro comprometido por la explotación y la maldad de adultos sin escrúpulos, he querido que, con ocasión del Día Mundial de la Paz, la atención de todos se centre en el tema: La persona humana, corazón de la paz. En efecto, estoy convencido de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.
La persona humana y la paz: don y tarea
2. La Sagrada Escritura dice: «Dios creó el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas. Al mismo tiempo, por la gracia, está llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie más puede dar en su lugar.[1] En esta perspectiva admirable, se comprende la tarea que se ha confiado al ser humano de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz. San Agustín enseña con una elocuente síntesis: « Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros ».[2] Por tanto, es preciso que todos los seres humanos cultiven la conciencia de los dos aspectos, del don y de la tarea.
3. También la paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra. Mi venerado predecesor Juan Pablo II, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 5 de octubre de 1995, dijo que nosotros «no vivimos en un mundo irracional o sin sentido [...], hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos ».[3] La “gramática” trascendente, es decir, el conjunto de reglas de actuación individual y de relación entre las personas en justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, «creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad».[4] Por tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una respuesta personal coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que el respeto de la “gramática” escrita en el corazón del hombre por su divino Creador.
En esta perspectiva, las normas del derecho natural no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino universal inscrito en la naturaleza del ser humano. Guiados por estas normas, los pueblos —en sus respectivas culturas— pueden acercarse así al misterio más grande, que es el misterio de Dios. Por tanto, el reconocimiento y el respeto de la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo entre los creyentes de las diversas religiones, así como entre los creyentes e incluso los no creyentes. Éste es un gran punto de encuentro y, por tanto, un presupuesto fundamental para una paz auténtica.
El derecho a la vida y a la libertad religiosa
4. El deber de respetar la dignidad de cada ser humano, en el cual se refleja la imagen del Creador, comporta como consecuencia que no se puede disponer libremente de la persona. Quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados. En efecto, la paz se basa en el respeto de todos. Consciente de ello, la Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada persona. En particular, reivindica el respeto de la vida y la libertad religiosa de todos. El respeto del derecho a la vida en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. Igualmente, la afirmación del derecho a la libertad religiosa pone de manifiesto la relación del ser humano con un Principio trascendente, que lo sustrae a la arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida y a la libre expresión de la propia fe en Dios no están sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en ese patrimonio de valores que es propio del hombre como tal.
5. Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El aborto y la experimentación sobre los embriones son una negación directa de la actitud de acogida del otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas. Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas.
Hablando en particular de los cristianos, debo notar con dolor que a veces no sólo se ven impedidos, sino que en algunos Estados son incluso perseguidos, y recientemente se han debido constatar también trágicos episodios de feroz violencia. Hay regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un derecho humano fundamental, con graves repercusiones para la convivencia pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una cultura negativa para la paz.
La igualdad de naturaleza de todas las personas
6. En el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, hay todavía en el mundo. Entre ellas son particularmente insidiosas, por un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.
Un elemento de importancia primordial para la construcción de la paz es el reconocimiento de la igualdad esencial entre las personas humanas, que nace de su misma dignidad trascendente. En este sentido, la igualdad es, pues, un bien de todos, inscrito en esa “gramática” natural que se desprende del proyecto divino de la creación; un bien que no se puede desatender ni despreciar sin provocar graves consecuencias que ponen en peligro la paz. Las gravísimas carencias que sufren muchas poblaciones, especialmente del Continente africano, están en el origen de reivindicaciones violentas y son por tanto una tremenda herida infligida a la paz.
7. La insuficiente consideración de la condición femenina provoca también factores de inestabilidad en el orden social. Pienso en la explotación de mujeres tratadas como objetos y en tantas formas de falta de respeto a su dignidad; pienso igualmente —en un contexto diverso— en las concepciones antropológicas persistentes en algunas culturas, que todavía asignan a la mujer un papel de gran sumisión al arbitrio del hombre, con consecuencias ofensivas a su dignidad de persona y al ejercicio de las libertades fundamentales mismas. No se puede caer en la ilusión de que la paz está asegurada mientras no se superen también estas formas de discriminación, que laceran la dignidad personal inscrita por el Creador en cada ser humano.[5]
La ecología de la paz
8. Juan Pablo II, en su Carta encíclica Centesimus annus, escribe: « No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado ».[6] Respondiendo a este don que el Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus semejantes, puede dar vida a un mundo de paz. Así, pues, además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar « humana », y que a su vez requiere una « ecología social ». Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres. Una y otra presuponen la paz con Dios. La poética oración de San Francisco conocida como el “Cántico del Hermano Sol”, es un admirable ejemplo, siempre actual, de esta multiforme ecología de la paz.
9. El problema cada día más grave del abastecimiento energético nos ayuda a comprender la fuerte relación entre una y otra ecología. En estos años, nuevas naciones han entrado con pujanza en la producción industrial, incrementando las necesidades energéticas. Eso está provocando una competitividad ante los recursos disponibles sin parangón con situaciones precedentes. Mientras tanto, en algunas regiones del planeta se viven aún condiciones de gran atraso, en las que el desarrollo está prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de los precios de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué género de desarrollo, o de no desarrollo, les impondrá la escasez de abastecimiento energético? ¿Qué injusticias y antagonismos provocará la carrera a las fuentes de energía? Y ¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición? Son preguntas que evidencian cómo el respeto por la naturaleza está vinculado estrechamente con la necesidad de establecer entre los hombres y las naciones relaciones atentas a la dignidad de la persona y capaces de satisfacer sus auténticas necesidades. La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo. En efecto, un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico, descuidando la dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo humano integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando la capacidad destructiva del hombre.
Concepciones restrictivas del hombre
10. Es apremiante, pues, incluso en el marco de las dificultades y tensiones internacionales actuales, el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca el crecimiento del « árbol de la paz ». Para acometer una empresa como ésta, es preciso dejarse guiar por una visión de la persona no viciada por prejuicios ideológicos y culturales, o intereses políticos y económicos, que inciten al odio y a la violencia. Es comprensible que la visión del hombre varíe en las diversas culturas. Lo que no es admisible es que se promuevan concepciones antropológicas que conlleven el germen de la contraposición y la violencia. Son igualmente inaceptables las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología.
11. Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las concepciones restrictivas del hombre, o sea, entre las ideologías. Peligra también por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre. En efecto, son muchos en nuestros tiempos los que niegan la existencia de una naturaleza humana específica, haciendo así posible las más extravagantes interpretaciones de las dimensiones constitutivas esenciales del ser humano. También en esto se necesita claridad: una consideración “débil” de la persona, que dé pie a cualquier concepción, incluso excéntrica, sólo en apariencia favorece la paz. En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia.
Derechos humanos y Organizaciones internacionales
12. Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre. Pero si éstos se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto la profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando se trata de justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en este caso: los derechos se proponen como absolutos, pero el fundamento que se aduce para ello es sólo relativo. ¿Por qué sorprenderse cuando, ante las exigencias “incómodas” que impone uno u otro derecho, alguien se atreviera a negarlo o decidera relegarlo? Sólo si están arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se le han atribuido pueden ser afirmados sin temor de ser desmentidos. Por lo demás, es patente que los derechos del hombre implican a su vez deberes. A este respecto, bien decía el mahatma Gandhi: «El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes». Únicamente aclarando estos presupuestos de fondo, los derechos humanos, sometidos hoy a continuos ataques, pueden ser defendidos adecuadamente. Sin esta aclaración, se termina por usar la expresión misma de « derechos humanos », sobrentendiendo sujetos muy diversos entre sí: para algunos, será la persona humana caracterizada por una dignidad permanente y por derechos siempre válidos, para todos y en cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad versátil y con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el tiempo y en el espacio.
13. Los Organismos internacionales se refieren continuamente a la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la Organización de las Naciones Unidas que, con la Declaración Universal de 1948, se ha propuesto como tarea fundamental la promoción de los derechos del hombre. Se considera dicha Declaración como una forma de compromiso moral asumido por la humanidad entera. Esto manifiesta una profunda verdad sobre todo si se entienden los derechos descritos en la Declaración no simplemente como fundados en la decisión de la asamblea que los ha aprobado, sino en la naturaleza misma del hombre y en su dignidad inalienable de persona creada por Dios. Por tanto, es importante que los Organismos internacionales no pierdan de vista el fundamento natural de los derechos del hombre. Eso los pondría a salvo del riesgo, por desgracia siempre al acecho, de ir cayendo hacia una interpretación meramente positivista de los mismos. Si esto ocurriera, los Organismos internacionales perderían la autoridad necesaria para desempeñar el papel de defensores de los derechos fundamentales de la persona y de los pueblos, que es la justificación principal de su propia existencia y actuación.
Derecho internacional humanitario y derecho interno de los Estados
14. A partir de la convicción de que existen derechos humanos inalienables vinculados a la naturaleza común de los hombres, se ha elaborado un derecho internacional humanitario, a cuya observancia se han comprometido los Estados, incluso en caso de guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este derecho no ha sido aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes. Así ha ocurrido, por ejemplo, en el conflicto que hace meses ha tenido como escenario el Sur del Líbano, en el que se ha desatendido en buena parte la obligación de proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar a la población civil. El doloroso caso del Líbano y la nueva configuración de los conflictos, sobre todo desde que la amenaza terrorista ha actuado con formas inéditas de violencia, exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho internacional humanitario y lo aplique en todas las situaciones actuales de conflicto armado, incluidas las que no están previstas por el derecho internacional vigente. Además, la plaga del terrorismo reclama una reflexión profunda sobre los límites éticos implicados en el uso de los instrumentos modernos de la seguridad nacional. En efecto, cada vez más frecuentemente los conflictos no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan grupos terroristas decididos a alcanzar por cualquier medio sus objetivos. Ante los hechos sobrecogedores de estos últimos años, los Estados deben percibir la necesidad de establecer reglas más claras, capaces de contrastar eficazmente la dramática desorientación que se está dando. La guerra es siempre un fracaso para la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad. Y cuando, a pesar de todo, se llega a ella, hay que salvaguardar al menos los principios esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil, estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños y ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas de los conflictos.[7]
15. Otro elemento que suscita gran inquietud es la voluntad, manifestada recientemente por algunos Estados, de poseer armas nucleares. Esto ha acentuado ulteriormente el clima difuso de incertidumbre y de temor ante una posible catástrofe atómica. Es algo que hace pensar de nuevo en los tiempos pasados, en las ansias abrumadoras del período de la llamada “guerra fría”. Se esperaba que, después de ella, el peligro atómico habría pasado definitivamente y que la humanidad podría por fin dar un suspiro de sosiego duradero. A este respecto, qué actual parece la exhortación del Concilio Ecuménico Vaticano II: «Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones».[8] Lamentablemente, en el horizonte de la humanidad siguen formándose nubes amenazadoras. La vía para asegurar un futuro de paz para todos consiste no sólo en los acuerdos internacionales para la no proliferación de armas nucleares, sino también en el compromiso de intentar con determinación su disminución y desmantelamiento definitivo. Ninguna tentativa puede dejarse de lado para lograr estos objetivos mediante la negociación. ¡Está en juego la suerte de toda la familia humana!
La Iglesia, tutela de la trascendencia de la persona humana
16. Deseo, por fin, dirigir un llamamiento apremiante al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta comprometido a ser un trabajador incansable en favor de la paz y un valiente defensor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables. El cristiano, dando gracias a Dios por haberlo llamado a pertenecer a su Iglesia, que es « signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana » [9] en el mundo, no se cansará de implorarle el bien fundamental de la paz, tan importante en la vida de cada uno. Sentirá también la satisfacción de servir con generosa dedicación a la causa de la paz, ayudando a los hermanos, especialmente a aquéllos que, además de sufrir privaciones y pobreza, carecen también de este precioso bien. Jesús nos ha revelado que «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y que la vocación más grande de cada persona es el amor. En Cristo podemos encontrar las razones supremas para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces constructores de la paz.
17. Así pues, que nunca falte la aportación de todo creyente a la promoción de un verdadero humanismo integral, según las enseñanzas de las Cartas encíclicas Populorum progressio y Sollicitudo rei socialis, de las que nos preparamos a celebrar este año precisamente el 40 y el 20 aniversario. Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos —aun entre peligros y problemas— con el corazón lleno de esperanza, confío mi constante oración por toda la humanidad a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo, « nuestra paz » (Ef 2,14). Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la paz, e ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro en el rostro de cada persona humana, corazón de la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2006.
BENEDICTUS PP XVI
Notas
[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 357.
[2] Sermo 169, 11, 13: PL 38, 923.
[3] N. 3.
[4] Homilía en la explanada de Isling de Ratisbona (12 septiembre 2006).
[5] Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo (31 mayo 2004), 15-16.
[7] A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica ha impartido unos criterios muy severos y precisos: cf. nn. 2307-2317.
[8] Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 80.
[9] Ibíd., 76.
Publicado por Catholic Net - 14/08/2006
Autor: Salvador I. Reding V.
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Es muy cómodo dar lo que nos sobra, un poco –o un mucho– de lo que NO nos hace falta, sobre todo porque tranquiliza la conciencia o nos hace sentir bienhechores. Estas dádivas tienen, por supuesto, cierto valor, sobre todo frente al egoísmo extremo de los incapaces de compartir lo mínimo que sea con el prójimo necesitado, pero se quedan cortas.
Porque lo mejor, tanto humana como cristianamente, es dar lo que más valoramos, que cuando lo damos “nos duele”: al bolsillo, al confort o al gusto personales; aquello que guardamos “para cuando se ofrezca”, pero que darlo a otros que lo necesitan nos incomoda, por decir lo menos.
En cualquier forma, dar cosas y dinero, aún teniendo valor divino y humano, se queda corto con dar lo más precioso que tenemos: tiempo, es decir vida. La vida no es otra que tiempo, el que transcurre de la concepción a la muerte.
Cristo dijo que no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos, tal como Él lo hizo. Pero ni siquiera nos pide morir por Él sino en casos extremos –los mártires son pocos en la historia–. También la mística de la patria nos pide la vida por ella, y en cualquier ceremonia cívica la ofrecemos, si hubiera guerra, empuñando las armas contra algún “extraño enemigo”, pero ¿realmente confrontaremos esa obligación, morir por la patria? Lo más probable es que nunca.
Pero lo que está al alcance de todos es dar tiempo, vivir por el prójimo, por la sociedad, por la patria. Este, por ejemplo, es el caso de la misma Madre Teresa de Calcuta, y de otros que dedican su vida o mucho de ella al prójimo. Son, digamos, los benefactores sociales, paradigmas de la generosidad; pero no se nos pide tanto.
En la vida diaria del hombre común, la mayor generosidad es dar tiempo a quienes lo necesitan, lo requieren de nosotros, principalmente nuestro prójimo más cercano, la familia. Esto es lo más difícil, cuando se nos pide demostrar con hechos reales el amor que decimos tener, hechos que requieren lo que más nos gusta, nuestro tiempo.
¡Qué difícil es dar tiempo! y qué fácil es dar cosas, sobre todo de lo que no nos hace falta, que “no nos duele”. Pero lo que realmente nos duele, y mucho, es dar tiempo, que preferimos dedicar a lo que más nos complace, aunque sea porque nos hace sentirnos bien con nosotros mismos.
“Tengo mis obligaciones”, dicen los hijos a sus padres ancianos que les piden un poco de su tiempo, cuando en realidad el mensaje es “prefiero hacer ‘mis cosas’ a estarme contigo”. Psicólogos del mundo advierten: el principal achaque de los viejos es la soledad, pero ¿dejar la plática, una buena comida, la vuelta al cine, ver la tele, el simple reposo (¡tan merecido!) para acompañar a mis papás...? ¡no, cómo!
Está bien dar cosas y dinero, pero no podemos decir que amamos a alguien si le damos solamente cosas y dinero en vez de tiempo. Nos duele demasiado dar tiempo, pero olvidamos que parte de nuestras responsabilidades es dar tiempo, y si parece que no lo tenemos, es cuestión de revisar nuestras prioridades. El núcleo familiar necesita nuestro tiempo, pero también otras personas cercanas –de luto, deprimidos, enfermos o presos–, ya no digamos la comunidad, “la gente pobre, los que a nadie tienen...”
El cielo se nos promete si practicamos las obras de misericordia, como visitar al enfermo. Pero nos duele hacer la visita, “perdemos tiempo”, olvidando el que los demás nos dedican o nos han dedicado; parece que el sentido de reciprocidad anda muy escaso, y la avaricia abundante.
Si nos decimos o queremos vernos como personas amorosas, responsables, generosas, demos lo que más nos duele: tiempo, vida, además de cosas y dinero. A cualquiera podemos decirle –nos crea o no–, que “no tenemos tiempo”, pero a quien todo lo sabe, a Dios, no podemos engañarlo siendo tacaños, avaros con nuestro tiempo, diciéndole “Diosito, es que no tengo tiempo que dar, estoy muy ocupado con mis cosas, mis responsabilidades”. Y en el fondo, tampoco a nosotros nos hacemos tontos.
Fuente: Catholic Net
Informe publicado por la agencia «Fides» - 05/01/2006
![]() ¿Y nosotros qué hacemos para evitarlo? |
El informe, titulado "Herodes: La matanza de inocentes continúa", señala que "la aldea global es sólo una inmensa periferia para millones de pequeños desnutridos, vendidos, explotados y enfermos". Fides calcula en 860 millones los menores que sobreviven en medio de todo tipo de dificultades debido a la pobreza, indica la Agencia EFE.
A ellos se agregan 120 millones que están abandonados en las calles, 11 millones que mueren antes de cumplir los cinco años, 211 que son explotados en el trabajo y 300.000 que son reclutados como soldados. El informe, que recoge datos principalmente de las agencias humanitarias de la ONU, detalla que de los 211 millones explotados en el trabajo, 120 lo son a tiempo completo, mientras que 171 lo son en condiciones de riesgo para su vida.
También resalta que de los 100 millones de niños abandonados a su suerte en las calles, la mitad están en Latinoamérica y 300 millones en Asia. Fides informa que muchos de esos niños en la calle mueren por enfermedades como el tétano, la pulmonía y los envenenamientos.
De los once millones que mueren antes de haber cumplido cinco años, uno de cada seis padece hambre, uno de cada siete no tiene asistencia sanitaria y uno de cada cinco no tienen agua potable para beber. Medio millón de pequeños está infectado por el virus que causa el sida y cada minuto hay un nuevo niño contagiado en África, mientras que 1,2 millones caen en las redes de tráfico de seres humanos.
El informe de Fides resalta algunas situaciones críticas por regiones geográficas. En Asia, por ejemplo, las compañías de la India utilizan mano de obra infantil para el trabajo subcontratado de las grandes empresas multinacionales. Agrega que el trabajo es en régimen de esclavitud, pese a estar prohibido por las leyes indias.
Sin embargo, la agencia vaticana explica que Nueva Delhi está lejana y que los niños tienen que trabajar para mantener a sus familias, incluidos sus padres, muchos de ellos minusválidos tras haber sido explotados ellos también desde que eran menores.
Fides también hace referencia al tráfico de órganos y recoge una denuncia de la organización "Terre des hommes", en la que se afirma que en Guatemala, El Salvador y Nicaragua "la desaparición de menores, huérfanos o vendidos por su propia familia está conectada con los trasplantes efectuados en pequeñas clínicas establecidas en Centroamérica". Un riñón, el órgano más solicitado, cuesta de 2.000 a 10.000 euros, según esa denuncia, mientras que las operaciones pueden costar entre los 200 los 250.000 euros.
También está la explotación sexual de los niños, según Fides, que señala que en Brasil, las niñas son reclutadas en las zonas más miserables y después son "empleadas" en las ciudades turísticas: una prostituta de doce años vale veinte gramos de oro. El informe señala finalmente que en Perú el número de niños que trabajan se ha quintuplicado en los últimos cinco años.
Fuente: Noticias RCN Radio
Para acceder al informe completo de la Agencia Fides (en italiano) haga clic aquí.

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